viernes, 20 de agosto de 2010

En la calle de un pueblo

- ¿La violaste? –Peter ha amanecido esposado a la única cama del ambulatorio del pueblo, le duelen la cabeza y el pecho, no puede abrir el ojo izquierdo, y no siente los labios; la voz del policía, que le llega lejana, como salida de un receptor de radio, insiste mientras le quita las esposas: -Ahora los padres dicen que no la violaste, que no violaste a la niña; dime tú: ¿la violaste?
-Nunca he tocado a esa niña ni a otra, sólo la saludé –responde Peter con dificultad, los muchos dolores que en cada movimiento se encienden en su cuerpo y unas profundas ganas de dormir, le quitan la voluntad de defenderse. Sin embargo, luego de ver pasar a la única enfermera, y mentirle que ya se siente mejor, sigue: -La madre es una salvaje que a gritos y golpes ha convencido a la niña para que me acuse. El padre parece haber comprendido y sólo busca ahora que yo no los denuncie por la golpiza que me han dado…
-Eso es lo que a mí me parece; ahora el comisario ha optado por escuchar el testimonio de la niña a solas, bueno, en la presencia de la asistenta social de la mina, una profesora del colegio, y una mujer policía que casualmente está por acá visitando a su marido y que algo parece saber de estos casos; el comisario quiere ahorrarle a los padres el viaje a la ciudad y a la niña la revisión del médico legista. Yo he visto el acta: la niña dice que ella no te conoce, que sólo te ve al volver del colegio, y que la saludas, y ella te responde… Y que tiene miedo de lo que su madre le haga si no dice que usted la ha violado…

Peter recuerda a la niña, su sonrisa de aquella tarde; en el contraste que el sol rotundo de la sierra impone en el paisaje, ella deja de pronto la tinta de unas sombras para resplandecer ante él con su sencilla pobreza y sus once años que parecen sólo ocho, la madre la sigue a pocos pasos, en cada mano lleva una hija más, un par de gemelas de unos cuatro años. Frente a la puerta de Peter, la niña se frena y ladea la cabeza con gracia, el viento eleva de repente una de sus trenzas, entonces canjean sonrisas y un saludo: “¡Hola!”. Peter vuelve a escuchar a la madre, su tono áspero, descontrolado: “¡¿Por qué saludas mi hija ah?!!!, ¿qué te pasa, ah?, ¿por qué miras, ah?”. Y recuerda que entonces, tras modelar su profunda extrañeza con gestos, y su rechazo con una fría mirada a los ojos de aquella iracunda mujer, sólo decidió regresar a su cuarto y cerrar la puerta, y que detrás de ella, en la soleada calle, los gritos siguieron por un rato; luego llegó el silencio. Aunque aquel era el silencio que antecede a las tormentas, para Peter sólo fue la paz farsante que la ausencia de ruido suele transmitir. Al salir, lo esperaban. La madre sacudía a la niña gritando: “¡¿Te ha violau?! ¡Habla!!!, ¿Cuándo, dónde?” desesperada, destempladamente. Peter yacía en el suelo, sangrando: sorpresivamente, el padre de la niña lo había golpeado en la cabeza con un garrote. Pronto, los demás comuneros que acompañaban a la pareja, unos ocho o diez, empezaron a patearlo y darle de palos mientras él, ovillado en el suelo no llegaba a levantarse. Luego de un rato, se hizo el silencio, la mujer zamarreó a la niña delante de Peter, y volvió a gritarle mientras le lanzaba manazos a la cara, a la cabeza: “¡¿Te ha violau, ah?!!!”. La niña, la dulce cara empapada, enrojecida por las cachetadas, toda lágrimas, cabellos, mocos, sin mirar a Peter movió fatalmente la pequeña cabeza de arriba a abajo; él no podía creerlo. A poco, fue el padre de la niña el que yacía en el suelo junto con un par de comuneros que se tomaban con ambas manos las entrepiernas y gemían quedamente en una nube de polvo; Peter, sacudiéndose la sorpresa, los pillaba ahora con rápidos quites y certeros golpes que revelaban su conocimiento de alguna técnica de defensa personal. “¡Ella tiene miedo que la golpees, salvaje!!! ¡Yo jamás la he tocado!” gritó antes de empezar a aguantar nuevamente el linchamiento; otros comuneros se habían unido al cargamontón cuyo lema era “¡La ha violau!”; Peter no pudo contra todos.

-Ingeniero, tengo la impresión de que aquí hay algo más –el comisario sonríe tratando de consolar a Peter; a través de la gran ventana que divide en recuadros la vista del patio de la comisaría, el sol entra a raudales, en la pequeña oficina sólo hay un escritorio y un par de sillas; el escudo nacional, escoltado por repisas con trofeos, decora una pared.
- ¿Algo más?, ¿y a mí eso me importa? –Peter luce los ojos morados, una enorme sutura en la sien izquierda, y lleva un brazo en cabestrillo, además, bajo la camisa una ajustada venda rodea su tórax tratando de recuperar la forma de las estrujadas costillas. -¡Y ahora el marido de aquella mujer quiere hablarme, pedirme disculpas! No entiendo nada… Igual, voy a denunciarlos, comisario.
- Está en todo su derecho, ingeniero, pero, como le digo, me parece que en el fondo de este asunto, esta familia tiene algo raro; aquí son muy celosos con los que vienen de afuera, con sus hijas pequeñas, pero es raro que se retracten, ¿no cree? Igual, podrían haberlo matado y no lo hicieron…

Pronto, el marido, de nombre Estiven, da la razón al comisario; mientras desde el borde de una mesa en la única cantina del pueblo, ofrece a Peter una botella de cerveza, y termina de adularlo por sus dotes para la pelea, confiesa:
- A mi mujer su papá la violó, ¿entiendes, inginiero? Ella tenía nueve años, y su mamá nada quiso decir. Su hermano le contó a una profesora y ella le mandó policías al viejo; cuando salió de la comisería, porque negó todo y lo enredó acusando a su mujer, se mandó mudar, y nadie supo más de él. Pero el daño a la niña ya estaba hecho… Y fíjate que nosotros sólo hemos tenido tres niñas, qué mala suerte, ¿no? –luego de un silencio que permite escuchar el rumor del viento que levanta nubes de polvo en el medio de la calle principal del pueblo, Estiven, bajando un poco la voz, sigue: -Si supieras, inginiero, que yo no duermo en mi casa; ¡sólo a comer voy!, ¡sí!, ¿no me lo crees?, ¡con mi viejo vivo!!!- Estiven no sonríe, mira fijamente a Peter, levanta el vaso de cerveza y apura su contenido de un sorbo. –Mi mujer no me deja quedar a dormir, ¿no ves que sólo dos camas tenemos, inginiero?
- Pues en una pueden dormir tú y tu mujer, y en la otra las tres niñas, que bien pequeñas son ¿no?
- Así le violó su papá a mi mujer… Cuando su mamá dormía, se metió en la cama de ella -en el silencio que vuelve, usando sólo el brazo sano Peter se sirve otro vaso de cerveza; teme que Estiven entre en detalles, y se prepara para pedirle que se calle. Pero el comunero tiene otros intereses; en tono de súplica, sorprende a Peter: -¡No denuncies pues, inginiero…! ¿No comprendes? Mi mujer media loca es, tocada está con eso de la violación…
- Sí tú sabías todo ello, y que tu mujer estaba equivocada, ¡¿por qué carajo me atacaste, idiota?!
- Sí, pues… -Estiven ríe sin atreverse a reclamar el insulto de Peter. -¡Pero qué bien que mechas, inginiero! ¡Mi compadre recién ha vuelto de la posta! ¡Las bolas como zapallos le has dejado! Ja ja ja…
La noche los alcanzó en las mismas sillas. Tras una caja de cerveza y un par de botellas de cañazo, Estiven dejó a Peter en su cuarto y enrumbó a la casa de su padre. Antes pasó por su propia casa, aquella en la que no puede dormir, y le anunció a su mujer que Peter no los denunciaría.

viernes, 25 de junio de 2010

De una Burra y otros Chismes

¿Que cuántos somos?, somos dos, dos no más: mi hermano, aquel viejo que ve usted caminando al fondo, y yo. ¿Que por qué anda calato? Bueno, ese es su gusto; hace años que vive así, en bolas. ¿Que se puede enfermar? Claro, sí, gracias por la preocupación, pero no es para tanto, ¿no ve que hace años que anda así? Es un viejo lindo, sólo tiene seis años más que yo y hace rato “perdió la brújula”, como dicen. Anda por ahí, siempre en cueros, buscando algo entre las matas. ¿Qué si no lo ha picado una víbora? No, curiosamente jamás ha tenido ni la mordida de una hormiga. Y ahí sigue él igual, por ahí, sin sufrir, hablando quién sabe qué cosas para sí mismo, y siempre buscando entre las matas, buscando, buscando. Su mujer lo dejó una mala tarde de hace muchos años, y el pobre salió a buscarla. Y la encontró, claro, pero con otro marido, uno nuevo por aquí, que había venido dizque a comprar tierras o vacas, no recuerdo bien; un tipo más joven que ella, alto, de buena pinta, muchacho. Ahora que lo pienso, ¿por qué se habrá metido aquel galán con mi cuñada, tan poca cosa, regordeta, chueca de patas, la boca volada sin dientes en el frente, y peluda de las piernas como una oruga? Bueno, ahora ya no vale la contesta. El caso es que mi hermano, pobre, le rogó a mi cuñada, se arrodilló, llorando le quiso hacer recordar todo lo bueno que habían vivido, los hijos, la casa que juntos levantaron, los buenos momentos, tantas cosas… Por fin, de tanto y tanto, cuando se incorporó y se enjugó las lágrimas parece que ya tenía algo pensado porque, sin pronunciar una palabra más, suspiró y le metió a cada uno un balazo en la plena cabeza. No les dio tiempo ni de gritar. Dos balazos. Después cargó con la difunta y la enterró bajo aquella ponciana, ¿la ve usted? Ahí está mi cuñada bien muerta por casquivana y desconsiderada, qué carajo. Pero, poco a poco, quién sabe pues, hay misterios en la cabeza de cada cristiano que uno ni llega a imaginarse ¿no?, bueno, al tiempo a mi hermano se le dio por hablar cojudeces, cosas sin sentido, usted comprende ¿no? ¿A la cárcel? No, él no fue a la cárcel, ¿no ve que el comisario de entonces era su compadre espiritual? Él le hizo los papeles como si mi cuñada hubiera desaparecido, y hasta presentó el testimonio de un arriero que dizque vio cuando un ladrón le disparaba al joven amante. Luego le regaló al testigo todo lo que pudiera llevarse de la casa que aquel había alquilado para estar con mi cuñada, ¡y sanseacabó! Pero a mi hermano, pobre, se le fue picando la azotea, se jodió.

¿Si querrá mi hermano hacerle algo a su hijita? No creo; aun antes de perder el encuadre, él siempre fue muy respetuoso. Además él ya se las arregla con una burra que tenemos, y sólo quiere a la burra ¿sabe? ¿Por qué?, ¿por qué sólo quiere a la burra dice usted? Bueno, cómo le digo… la burra, en principio ¡no es tan burra!; disculpando el respeto que le guardo a usted y al difunto compadre Orígenes, su esposo, que de Dios goce, ¡mujeres más burras he conocido, oiga! Además, la dichosa burra sabe mucho de esas cosas y, aunque sea pecado hablar de los animales como de cristianos, le puedo asegurar que ella quiere a mi hermano… ¡y hasta lo espera! Y, bueno, lo respeta, digamos. ¿Que no me cree? ¡Si usted supiera los sentimientos que los animales pueden guardar dentro! Le cuento: ¿conoce al hijo de Don Emiliano? No, el ingeniero no, el otro, sí, el que es medio lento y no sirve ni para traer agua, aunque para mí no es más que un gran ocioso que ya encontró cómo lograr que nadie le obligue a nada. Bueno, ese mismo muchacho, el que anda por ahí sin hacer nada más que inflamarle las bolas o las tetas, según sea el caso, a cualquiera de lo puro vago que es, y que seguramente su padre quisiera ver lejos, una vez quiso abusar de la burra… Usted sabe, los muchachos se trepan a los animales a veces ¿no?, pero eso es sólo hasta que prueban mujer, sí, no se preocupe por sus hijos, no; cuando ya prueban, ya no vuelven a los corrales con sus ganas. Bueno, en casi todos los casos ¿no?, que esa no es una ley natural, y que hay algunos que siguen con el animal aun cuando se casan, oiga usted. ¿Por qué?, ¡vaya a saber uno por qué! Pero así pasa también. Bueno, hablábamos del vago aquel que quiso agarrar a la burra de mi hermano y aprovecharla sin su consentimiento. No, el de mi hermano no, ¡sin el consentimiento de la propia burra pues! ¡Claro! A veces me parece que usted, con todo el respeto que se merece el compadre Orígenes que en paz descanse, en medio anclada ¿no?, medio dura para entender, ¿o me equivoco? No se preocupe mucho pues la dureza de cráneo nunca fue pecado. Bueno, el muchacho, quién sabe pues, ya torcido de tan poco hacer por la vida, quiso abusar de la aparente tranquilidad de la burrita de mi hermano ¿no? Y no se imagina usted: ¡la burra no se lo permitió! Es más: ¡lo pateó justo en las partes! Y ahí lo dejó, tumbado sobre las pajas, lloriqueando de dolor, las manos apretadas en las verijas. Bueno, el muchacho se salvó, todo no pasó de una gran hinchazón en las pelotas y cuatro días en el ambulatorio chillando que de repente no más la burra, al sentirlo pasar le encajó la tremenda coz donde cuelgan las glándulas; sitio por demás delicado ¿no? Por supuesto, nadie le creyó al maljuiciado ese. Y la burra sigue ahí, tan tranquila, y con mi hermano. Por eso le digo que a su hijita es seguro que mi hermano ni la mirará; puede estar tranquila.

¿Es acaso su hijita nueva de abajo? Bueno, puede ser… No, no soy quién para dudarlo, mi estimada señora. Pero hay tanta mujer que se dice nueva y no lo es… ¿Conoció acaso usted otros antes, además de su esposo el difunto compadre Orígenes que en paz descanse? Bueno, si así hubiera sido, no importa. La vida me ha enseñado que la diferencia no es tanta si el suceso no va más allá de un par de tropezones de los que la mayoría de las mujeres suele levantarse, y mejor si logra sacudirse pronto de la pena que pudiera quedarle entre las faldas y en el pecho. Que eso ya no le desgracia la vida a nadie. ¿No ve al cojo Humeres que peinando canas y sin un parante se encontró a la mujer que había sido del caporal García hasta que este se fue con la hija pequeña que Sagrario Lindero tuvo a escondidas con el padre Lagartes? ¿Acaso alguien le dijo Cojo, que esa mujer fue de otro… o Cojo, que esa mujer no es nueva, que se la comía tal o cual? Y el cojo anda feliz, bueno anda es un decir ¿no?; cojea que es una espiga de contento. Ha tenido con la susodicha cuatro varones ya, y todos con las patas completas. ¿Que ya es mucho el chisme? Bueno, en eso tengo que darle la razón; dejémoslo ahí por ahora, y vaya a traer a su hijita. Que trabajando aquí estará segura.

viernes, 21 de mayo de 2010

Dos Historias Urbanas

Desde el último asiento de la combi
- ¡Venga, siéntese, joven!
- Gracias… -desde el fondo de la combi, una mujer muy gorda, embutida en un vestido de terciopelo azul marino, hace tintinear las muchas pulseras de su muñeca mientras señala el asiento libre a su lado. Luego de pagar el pasaje al cobrador, el convocado pasajero cubre los tres pasos que lo separan del sitio junto a la gorda y toma asiento.
- ¡Ya no va a crecer, para qué se va a quedar parado! Ja ja ja… -la mujer ríe cubriéndose la boca aunque sin poder evitar que su aliento de alcohol se extienda en el fondo de la estrecha camioneta; su recargado maquillaje pide a gritos un retoque. Cuando, solidariamente, su casual compañero de viaje voltea a sonreírle, se da con una mujer de sólo unos treinta años cuya obesidad, y quién sabe, el estado de su piel, el recargado y marchito maquillaje, los enormes aretes, le agregan a la primera impresión que da una década más. Rápidamente se excusa por el comentario: -Así se dice, ¿no?: “ya no vas a crecer” ¿no, joven?
- Sí, claro, “ya no vas a crecer” decimos cuando uno puede sentarse y se queda parado, claro… -el pasajero, profesor de inglés en tres planteles, padre de dos niñas, deja de sonreír, acomoda un cartapacio sobre sus piernas, y se dispone a esperar que el vehículo lo lleve hasta el siguiente empleo del día. La mujer insiste:
- Disculpe no más, que me vengo de un matrimonio civil aquí no más, en la municipalidad de Magdalena. Todavía hay gente que se casa, qué le parece… ja ja… -su risa invade el pobre galón de oxígeno enrarecido que llena el fondo de la combi, y confirma que además de los tragos, la gorda ha dado cuenta de algunos bocaditos con cebolla; seguramente empanaditas rellenas de las que ahora con mayor frecuencia se suele repartir en eventos sociales. El joven profesor jura no volver más la cara hacia ella; “aunque la escuche entonar el aria de la valkiria cachuda de las Páginas Amarillas” http://www.youtube.com/watch?v=uRBajHGvvjk&feature=related se dice mientras sonriendo planea fingirse dormido y evitar así el vaho cantinero con el que, inmune a la indiferencia, su compañera de viaje insiste en exagerar su pobre vida social.
Katia
-Cómo llegué acá… Mmm… es una buena pregunta -Katia tiene el pelo castaño, muy fino y escaso, algo opaco. Se mira las comidas uñas, murmura y se acomoda en el mullido sillón de la sala de espera, levanta la vista y no sonríe; alguna vez escribiré sobre las salas de espera de los consultorios pienso mientras recorro los cuadros que adornan las paredes, óleos de estilo abstracto, y admiro el ambiente de mesura y orden que el espacio en el que se han instalado sobrios muebles de color crema, y la suave iluminación trasmiten. Katia sigue: -Todo, todo tiene que ver con mi madre -luego de un silencio, en el que parece encontrar una escondida respuesta, sigue: -Creo que estoy repitiendo lo que todos vienen a decir por acá ¿verdad?: “porque mi madre esto”, “porque mi mami aquello”, “que mi mamá me jodió la vida”, “que mi vieja era así o asá” -mientras reflexiona en voz alta, usando el tono grotesco y chillón de un niño que se queja, no deja de examinarse las manos. “Es inteligente” pienso mientras sonrío y le doy la razón a su observación sobre lo que todos venimos a decir al consultorio del psicoanalista: la madre, siempre la madre, la madre que somete, que reprime, la madre que seduce, la que ignora y abandona, la que persigue, la que sufre por nosotros, la víctima, la victimaria... Hasta un humilde aprendiz de terapeuta al que la ética recuesta en el diván, cae en la fosa de aquella triste verdad, concluyo.

-Si le echo la culpa de algo a mi madre es, en primer lugar, por no haber tenido más hijos; como hija única, en verdad pasé alguna soledad, especialmente cuando mi padre se marchó. Él era un buen compañero, especialmente cuando, adolescente al fin, traté de hacerme un lugar en el mundo y opté por la rebeldía, la oposición a todo, usted sabe -Katia habla con bastante propiedad, con orden, y eso dice bien de la organización de su pensamiento. -Y si no la pasé tan sola fue porque siempre tenía a mis primas, que eran más o menos de mi edad y más locas que yo. Con ellas aprendí de lo bueno y de lo demás…
-¿A qué te refieres? -pregunto francamente intrigado por saber qué será “lo demás” que Katia aprendió de sus primas. Estoy seguro que Katia será motivo de análisis en mi sesión de hoy, y que sus observaciones, agudas y sencillas, serán útiles para tratar las expectativas de los pacientes, tema que hace varias sesiones discuto, y lo que pueden esperar: curación o sólo alivio.
-Como me enseñaron a defenderme, porque en el colegio no faltaban las abusivas, con ellas también aprendí a fumar, a tomar a escondidas en las fiestas familiares, a escaparme de la casa y regresar de madrugada. Especialmente les agradezco haberme enseñado a defenderme, a pelear por mi vida.
-¿Por tu vida?, creo que exageras…
- Ah… Usted cree que exagero porque no sabe el resto de la historia. Voy a ser rápida porque mi sesión empieza a las cuatro y ya son las tres y cincuenta: cuando mi padre se fue, mi madre se entregó a trabajar como loca; ella era, perdón: es funcionaria del ministerio de Trabajo, ¿sabe? Ella, que volvió a fumar entonces, deprimida como quedó, se pasaba los fines de semana metida en su cama. Pasé a ser entonces la madre de mi madre; a veces es así ¿no? Como ya tenía unos trece o catorce años, a ella no le preocupaba que me quedara sola ni cómo me hacía yo cargo de la casa; sabía que lo haría bien. Yo sabía cocinar, mi padre me había enseñado porque mi madre no sabía más que lo elemental, y me hice cargo de aquella nueva realidad, de ser “hija única de madre viuda” aunque mi padre estuviera vivo. Pero, casi al año de la separación, mi madre (la soledad suele ser mala consejera, siempre lo he dicho) se involucró con un compañero de trabajo, bueno, un “compañero de trabajo” digo pero en realidad no era más que un conserje que a la semana de instalarse en nuestra casa, salió del ministerio por haberse estado robando material de oficina: un imbécil completo. Pronto pasé a ser la cocinera de ese gandul que no hacía más que “buscar trabajo” y no encontrarlo. Mi madre estaba como confundida, creo que comprendía su error pero no sabía cómo corregirlo. El caso es que una tarde en que yo había regresado del basket, al vago aquel no se le ocurrió mejor idea que meterse en mi cuarto vestido sólo con una toalla; usted ya debe imaginarse sus intenciones. Creo que el tonto calculó mal. Primero, el tiempo: creyó que me encontraría recién bañada, quién sabe, en bata, pero yo me había distraído con un programa en la TV y seguía en buzo y zapatillas, bien sentada en el viejo sillón de mi cuarto. Luego calculó que tan flaca como era entonces, nada podría hacer contra él. -Katia hace una pausa, vuelve a mirarse las uñas, estira las gruesas manos, murmura: -Estoy dejando de comerme las uñas pero las desgraciadas no quieren empezar a crecer todavía. Bueno, el tema es que ya sin poder corregir su maquiavélico plan, se mandó a besarme, el cojudo, ¡y a manosearme! Cuando mi madre volvió, él lloriqueaba en la cocina; cómo había logrado ponerse la ropa con un brazo roto, y una oreja en colgajo es todavía un misterio para mí. Lo que sé es que cuando me acusó de haberme vuelto loca porque, según él, traté de meterlo en mi cama y él me rechazó, mi madre, la recuerdo mirándome, gritándome “perdóname, hijita” con el silencio lloroso de su mirada, no le creyó y lo sacó pitando de la casa. Bacán ¿no?; linda mi mami. Lástima que la historia no quedó ahí; bueno, por eso vengo a la consulta, a ver si resuelvo lo que me quedó de aquel asunto. A los cuatro días, mi madre regresó de la oficina bien tarde. Con sólo verla entrar, supe lo que le había pasado, venía con la ropa en jirones, la cara hinchada, sangrante, la cabeza rota, los brazos y las piernas llenas de raspones, moretones. Prometí buscar al infeliz y darle su merecido. Y lo encontré. Como era menor, y lo había denunciado antes por haber intentado violarme, una buena idea de mi madre, me mandaron a una correccional, ahí, gracias a la razón de mi encierro, no tuve problemas con nadie, fui respetada. Y, afortunadamente, porque mi pobre madre, destrozada por verme en cana por su culpa, me necesitaba muchísimo, y por mi buena conducta, no pasé más que ocho meses ahí; la jueza comprendió que yo era una adolescente, que mi madre era una persona vulnerable, que éramos dos mujeres solas, en fin, que yo más tenía de inocente que de culpable. Pero me pasé mis buenos ocho meses ahí. Aunque comprendo que matar a otro debe tener algún castigo, vengo para prever que en la próxima vez que alguien quiera pasarse de vivo conmigo o con mi mamá, el cuento no termine con policías, la cárcel y tener que venir a la consulta con un loquero tres veces por semana para hablar ¿de qué?, de mi madre, claro -Katia se levanta lentamente del sillón y, sonriendo me extiende la mano derecha y me lapida: -Ha sido un gusto, señor. Imagino que usted también viene a culpar a su mamá de algo ¿no?

viernes, 23 de abril de 2010

Dolor de Cabeza

-Llévatelo no más, mamita. Hazme caso... ¿Cuánto tiempo andas tú yendo y viniendo? ¿Una semana? ¿Diez días?... Ya ni me acuerdo, mamita... –inmune al tono compasivo del encargado, con la misma expresión de hastío y sueño, avejentada por el dolor, la mujer parece haber estado sentada en la misma banca por años. Sobre sus faldas duerme, desmadejada, una niña de cinco o seis años, la pequeña cabeza de trenzas caída de lado, una marioneta abandonada; la luz de la mañana convierte en plata un hilillo de saliva que se estira desde sus labios. En un chorro de luz, el día irrumpe oblicuo por el espacio que ha abierto el gran portón; el sol resplandece en el lustroso piso de cemento. Luego de otra larga noche bajo el abrazo helado de los malos sueños y el repentino volar de algún disparo en la distancia, el pueblo ha empezado a soltar sus primeros ruidos. A lo lejos, un par de gallos ensaya un contrapunto de reclamos. La mujer ha dormido, como desde hace nueve noches, sentada sobre la misma banca de madera, abrazada a su hija como una niña que abraza a una muñeca buscando consuelo a la oscuridad y el miedo. A poco, llega su hijo con el hielo, por un segundo, ella cree haber vivido ya este momento. El muchacho la mira sin sonreír; mientras pasa delante de ella y sigue hasta el patio del local, le habla con impaciencia:
- ¿Nada, mamay? Ya pues... -sin dejar de hablar, desaparece apurando el desliz de un enorme bloque de hielo que un par de amigos le ha ayudado a traer desde el nevado, la reluciente losa sisea en el piso. Desde afuera, alguien grita su nombre en una rápida despedida; con un desacompasado tictac, los cascos de un burro golpean el empedrado de la calle. Él vuelve pronto y suelta al aire áspero de la mañana la frescura, la inquietud de sus quince años:
- ¡Este no va más, madre! -la mujer lo mira sin inmutarse. Lo ve alejarse nuevamente hacia adentro, cruzar el patio; piensa que el muchacho ya es otro, que no es el mismo que seis meses atrás marchara a la ciudad. Ahora habla diferente, piensa diferente. Los meses que ha pasado con su padrino Aurelio y sus primos le han enseñado otro idioma, dice “no va más”, a veces la llama “madre” y no “mamá”, y usa otras palabras nuevas para ella. Murmurando, ha entrado en una de las puertas abiertas en el patio. De pronto vuelve, la mujer lo escucha vocear excitado:
- ¡Madre! Me acordé, le juro... ¡Tiene la marca que se hizo en el tobillo! ¡Me acuerdo! Si se la hizo en mi delante la vez aquella del huayco, ¿se acuerda? ¡Aquella vez que tanto tuvimos que hacer para que el agua no llegara! ¿Recuerda, mamay? ¡Ahí está! ¡Yo la acabo de encontrar! ¡Hay que llevarlo, mamay! -El encargado, que hasta entonces ha permanecido mirando la estragada figura de la mujer y tratando de imaginarla más joven, espera que ella decida de una vez y sacudirse, luego de diez días, por fin, de tan extraño asunto. Se anima a hablarle otra vez:
- ¿Ya ves mamita? Tu hijo lo reconoció ya... Llévalo no más, ¡ya cuánto hielo le has puesto! Estás gastando, mamita, ¿no? -la mujer observa alternadamente a los muchachos, impávida, suspira. La niña se ha despertado y mira a su hermano con extrañeza mientras trata de cazar un moco hurgándose toscamente la nariz con el índice. La mujer la acomoda suavemente sobre la banca, el reflejo del sol resalta la prematura red de arrugas que el tiempo y el dolor han tejido en su rostro. Por fin, con esfuerzo, se pone de pie, vuelve a suspirar y en silencio empieza a caminar lentamente hacia el depósito. Los dos muchachos la siguen.

Una gran sombra, hija del frío y la noche, domina el patio aplastando contra una esquina de luz un retazo desflecado de sol. La mujer se detiene un instante, mira aquel ángulo y piensa en la oscuridad y la luz, en la sombra, tan negra, apocando al sol, arrinconándolo, ganándole. ¿Cómo puede ser eso? se pregunta. Será tal vez como el miedo -se responde- que anda aplastándolo todo por aquí. Será pues como el lloro que los despierta de pronto en la noche y se chanta en sus pechos cuando los tiros o un bombazo rajan la oscuridad con más miedo. Y seguro será como la tranquilidad y la alegría que tanta falta les hacen a todos y que, quién sabe, tal vez no vuelvan a tener más. Y será también como el dolor que cada día le roba las fuerzas, la abate, la arrincona y la deja sin nada más que dudas y angustia. Suspira deseando terminar con todo para marcharse, pensando en lo poco que tendrá que llevarse en el largo camino hasta la ciudad. Por fin, una vez más cruza lentamente el umbral de la misma puerta en el patio.

Un suave reflejo del día invade la habitación, llena la penumbra espesa con una vaga luz que parece teñir todo de gris. Un terrible hedor empuja con fuerza hacia afuera, las altas ventanas, ahumadas por el polvo de años, están cerradas. Ella se acerca a la mesa metálica sin apretarse las narices, inmune. Como todos los días, mira en silencio el cuerpo desnudo de su marido que bajo piedras de hielo se pudre oscuro, enjuto, disminuido. Voltea y mira a los ojos a su hijo, en sus labios tiembla el llanto aguantado:
- ¿Y su cabeza? ¿Así acaso voy a enterrar?, ¿ah? -la voz se le quiebra, rompe a llorar por enésima vez desde la mañana aquella en que los soldados le trajeron al marido sobre una frazada ensangrentada y lo dejaron a la entrada de su choza. Recuerda al sargento, su voz cansada:
- Los terrucos[*] mataron tu esposo, mamita. Qué pena pues. Entiérralo no más...
- ¿Y su cabeza? -pronunció ella por primera vez, sin imaginar que en adelante repetiría esa pregunta, para sí y para otros, cientos de veces. Sin salir del marasmo que le había impuesto la sorpresiva visión de aquel cuerpo sin cabeza puesto de repente a sus pies bajo el vuelo de algunas moscas, se esforzó en imaginar que se trataba de su esposo.
- Su cabeza no hay, mamita. Le cortaron, dicen porque tu esposo bien empalado[†] era, bien bravo -ella recordó entonces al cholo borracho y pegalón[‡] que cualquier mañana, fragante de fermentos la tumbaba para alzarle las polleras y montarla levantando una nube de polvo en medio de la choza, ignorando sus manazos y golpes con el cucharón de madera y el rumor de los niños que salían corriendo entre risas y una brisa de ladridos-. He puesto a dos secciones a buscarla, mamita. Si la encuentran, tú se la pones en el cajón pues... -el sargento seguía tratando de terminar la conversación; sólo quería largarse al cuartel, bañarse y echarse a dormir para olvidar por un rato que la muerte rondaba por ese lugar.
De pronto, la mujer quiebra los sollozos con un grito destemplado que estremece el aire:
-¡Donaciano!, caraju... ¿Por qué pues, caraju, Donaciano?... ¿Por qué? Tu cabeza, Donaciano... Tu cabeza ¿dónde pues, caraju? -da un golpe de puño sobre el torso desnudo del cadáver; los muchachos se miran, los rostros apretados, las manos en las narices. -¿Tú empalau, Donaciano? ¡Cómo va a ser pues! ¿Tú empalau? ¿Cuándo pues tú, Donaciano?... ¡Cuándo!... Tú siempre sonso, Donaciano, ¡perdiendo las cosas...! ¡Y ahora sin tu cabeza, caraju! ¿Dónde tu cabeza, Donaciano? ¿Tú bravo?, ¡tú sonso, Donaciano! ¿Por qué no cortaron huevos no más o lengua como hijo de la Gumercinda allarriba Marcacocha? ¿Tú empalau, Donaciano? ¡No!: ¡tú baboso...! ¡Borracho baboso, Donaciano! ¿Dónde tu cabeza? ¡¿Dónde pues, caraju, has dejau?!!! -el llanto atraganta a la mujer, un acceso de tos la encorva y estremece. El encargado también tose, codea al hijo de la mujer, este no lo mira, se acerca lentamente a su madre, la toma de los hombros, le susurra:
-Vamos a llevarlo ya, mamita... Hay que acabar con todo esto, usté ya está cansada... Vamos -la mujer levanta lentamente las palmas, hace un cuenco con ellas y lo llena de su rostro, siente en los pómulos la dureza de sus callos, rompe nuevamente a llorar con amargura. El encargado surge de pronto de la luz con un vaso de agua en la mano, se lo ofrece, ella prueba un sorbo mientras escucha, sin apartar la vista del cuerpo, cómo él ganguea, la nariz apretada, el mismo tono compasivo:
- Llévalo ya mamita. ¿Ya ves?, ¡tu hijo lo ha reconocido! ¡El sargento todos los días viene! ¡Sí!, él mismo viene a preguntar, mamita... Dice que su mujer sueña feo todas las noches. Que tiene miedo dice, que hay que enterrar pues a tu marido, mamita. Llévalo ya, ¿si? -la mujer se enjuga el rostro, sorbe ruidosamente los mocos, pregunta a media voz, enronquecida, aguantando un puchero:
- ¿Y su cabeza? ¿O sin cabeza voy enterrar? ¿Ah?
- ¡Seguro ahorita la encuentran, mamita!, el sargento está buscándola... Yo le dije que si quería que lo entierren, que le encuentren pronto la tutuma[§], mamita, que tú no lo ibas a llevar así al Donaciano sin su maceta. Y que su mujer seguro iba seguir soñando feo, con muerto pues. Él me dijo que ahorita ya la iban a encontrar... Llévalo no más mamay... Los soldados de seguro se la ponen después en su cajón... Llévalo pues...

Durante el entierro la mujer no lloró, sólo miró, sin ver, y con la misma expresión vacía que las malas noches le habían impuesto, el rústico cajón mientras lo acomodaban en un hueco y vaciaban sobre él paladas de tierra y piedras. A mitad de la jornada, como despertando, levantó una mano y dijo, dirigiéndose a los enterradores:
- Ahí no más, ahí no más... Ya van a traer su cabeza, ahí no más... Piedras no más ponga por los perros, compadre... -lanzó entonces un hondo suspiro y, tambaleante, en medio de la manada de sus hijos, emprendió el regreso a su casa tras un par de perros chuscos que jadeaban nubecillas en el aire helado del atardecer.

Poco después, al dejar aquella tierra ensangrentada, canjeando la incertidumbre de cuánto tardaría en llegar la muerte por la incertidumbre de qué les ofrecería la vida en la ciudad, tan lejos de todo lo suyo, cuando ya había dejado de buscarla, la mujer encontró la cabeza de su marido. Esa madrugada, mientras adivinaba entre otros bultos a sus hijos acurrucados sobre la plataforma de un camión, en la breve línea que dejaba una rendija entre dos tablas, creyó reconocerla plantada como si nada sobre un cuerpo más flaco que el de Donaciano. Aquel cuerpo coronado con la perdida cabeza, seguía el éxodo de tantos a la vera del camino. Confiada entonces en que la luz glacial del amanecer suele cambiar las formas y confundirlas, y emperrada en preguntarse una y otra vez sobre el destino de todos tan lejos de su casa, la mujer recordó un instante el entierro de su marido y sonrió pensando que aquello había sido lo mejor que había hecho.
[*] Despect.: Terrorista
[†] Pop.: Rebelde, resistente a la autoridad
[‡] Pop.: Abusivo, violento
[§] Infantil.: Cabeza

miércoles, 31 de marzo de 2010

Contra los problemas

- ¿Qué ocurre cuando pasas corriendo delante delante de un perro? –mi tío habla sin mirarme mientras hojea la novela que le he prestado, buscando las anotaciones que suelo hacer al margen; el sol que atraviesa el techo de esteras se refleja en su calva.
- El perro me perseguirá, de hecho.
- ¿Y sabes por qué? –sonriendo, alinea su mirada azul con la mía; como los ojos de mi padre, los suyos tienen de día un reflejo verde y de noche son intensamente azules. -Porque los antepasados de ese perro eran depredadores y, por un asunto genético él se siente como tal cuando ve correr otro animal animal, el instinto le dice que es una presa que escapa escapa.
- Antes de seguir, tío, cuéntame sobre el eco ese que ahora le pones a todo –pienso que ante cualquier otra persona me hubiera aguantado de mencionar el curioso problema de dicción que mi tío muestra repitiendo algunas palabras de la conversación; me siento bien de poder preguntárselo, de no sentirme incómodo ni percibir incomodidad alguna en él, de la naturalidad que podemos usar.
- Tengo un tumor inoperable en el cerebro cerebro. Pensé que sabías, sobrino.
- Sabia que tenías un tumor pero no cómo te afectaba.
- Ya ves. Por suerte, eso es todo lo que hasta ahora me hace el intruso. Hace tres años que me diagnosticaron diagnosticaron… No te vayas a aburrir.
- Ja ja… Qué ocurrencia; hace tanto que no charlamos que puedo escucharte hablar en duplicado, ja ja ja… -mi tío ríe de buena gana, deja la novela sobre la mesa y bate palmas, apuramos nuestros vasos de cerveza. Luego de permanecer en silencio mirando el pasar barroso del río Tumbes, con el mismo estilo didáctico vuelve a la conversación:
- ¿Y que pasa si sigues corriendo, sobrino?
- El perro te sigue persiguiendo, tío, nada lo desanima. Pueden ser muy tercos…
- Es cierto, es su instinto. Lo único que te queda por hacer es darte vuelta vuelta y enfrentarlo. Si el perro insiste, porque está impedido de dar el salto salto racional y decir “¡Uy, me equivoqué: este no era una presa!” y darse la media vuelta vuelta, debes hacerle saber que efectivamente no eres una presa presa, que se equivocó. Así son los problemas sobrino; hay que enfrentarlos, y cuanto antes, y seguir contra ellos ellos hasta que no los veas más en el horizonte, porque los problemas son como depredadores, te siguen siguen incansables si no les das cara, si no los enfrentas –le he contado antes sobre el calvario que derivó de unas malas inversiones, de los muchos problemas que entonces se juntaron cuando robaron en mi oficina y mi esposa decidió que mejor estaba por su cuenta. Luego de dar cuenta de otro vaso de cerveza, prosigue: -Pero para eso tienes que estar bien seguro de que tú tienes los medios para acabar con tus problemas; si crees que no puedes con el perro, mejor sigue corriendo… -Silenciosamente, pues sus pies descalzos sólo le alcanzan para acariciar como plumas el piso de tierra endurecida, tan menuda como reseca, una anciana aparece a nuestro lado con una fuente de ceviche y un vaso con cubiertos y servilletas de papel. Mi tío la hace reír: -¡Ya era hora, preciosura! Luego me traes un cebichito de conchas negras y tú y yo nos metemos entre las cañitas y nos sacudimos la polilla, ¿qué te parece? –La anciana, en cuyas manos, talladas en una recia madera oscura y nudosa, relucen dos aros, deja la fuente y los cubiertos en la mesa y, sin parar de reír, retruca:
- Viuda soy, gringo; cuidado no más… -reímos los tres. La mujer se aleja con el mismo paso inaudible; de espaldas, el gris de sus trenzas resalta contra el brillo de su blusa de color turquesa. En la mesa vecina, conversan dos hombres maduros; contagiados de nuestras voces, uno de ellos interviene:
- Viva es la abuelita… -mi tío les sonríe y brinda con ellos. Luego de un rato de atacar la fuente de ceviche, insisto sobre el tema; mi tío siempre ha sido un conversador excepcional, ingenioso y, sobre todo, esperanzador:
- Entonces a los problemas hay que atacarlos al toque, tío…
- ¿Qué sacarás esperando? Muchos son los que voltean a mirar al perro perro con la esperanza de un milagro, que el perro desaparezca de pronto pronto, es decir que sus problemas se acaben por encanto; esos pierden pierden. Siempre pierden, sobrino, no te olvides de eso eso. A los problemas hay que encararlos y darles con todo todo y pronto. Demórate solamente para pensar, para pedir pedir un consejo, para recibir una palabra de aliento, pero nada más más –la anciana que parece caminar en el aire, nos interrumpe con un nuevo par de cervezas; las bromas parecen haberla espabilado: se ha pintado los marchitos labios, cuya forma la ausencia de los dientes ha disuelto hace tiempo, y ahora la alegría carmín de un apurado maquillaje reluce en sus fofas mejillas. Desde la entrada de la cocina, precariamente cegada por una cortina en la que destaca la colorida estampa de un enorme pez merlín, sus nietas asoman las cabezas y ríen y cuchichean. Mi tío vuelve a piropear a la venerable señora haciéndola reír y responder a sus frases con coquetería.

- Sólo te puedes permitir dar un vistazo vistazo a la situación y empezar cuanto antes a pensar pensar y a trabajar para sacudirte bien bien de la desgracia. Nada sacarás dándole tiempo a las lamentaciones lamentaciones, a los enojos enojos contra ti y contra otros, buscando culpables: ponte a trabajar, ¡ponte a solucionar solucionar! ¿Acaso cuando hay un embotellamiento de tránsito, el policía que llega llega para restaurar el flujo, ¿se detiene detiene a preguntar “¿señora, quién empezó este chongo chongo?” o “¿por dónde iba usted, buen hombre, y quién cree cree que tuvo la culpa?” ¡No!, él empieza inmediatamente a detener a unos unos y dejar pasar a otros para restablecer la circulación circulación en la calle; ¡cualquier pregunta es una pérdida de tiempo! como sería sería esperar que las cosas se solucionen por sí solas. Mucha gente se puede puede pasar la vida esperando un milagro y rezando rezando para salir de sus problemas; yo creo creo que rezar por algo que requiere que tú, y sólo tú, intervengas inmediata e inteligentemente, es una herejía herejía.

A las diez de la noche, cuando entre los cuatro, porque, fascinados por las rotundas metáforas de mi tío, los vecinos de mesa se nos unieron pronto, y con dos cajas de cerveza y varias fuentes de delicias marinas dentro, soportábamos a un trío de cantantes que insistía en torturar el espíritu insomne del “Zambo” Cavero, la abuelita Marucha, cuyo nombre bautizaba el restaurante, ya había tomado asiento al lado de mi tío. Una hora después, blindado por la recuperación de mi profunda fe en la vida, la clara conciencia de mis limitaciones, como de la certeza de que aquellas no bastaban para negarme la tranquilidad perdida, tuve la entereza de no reír a carcajadas cuando mi tío, me contó:
- La viejita me ha dicho que puedo volver, pero que si lo hago, ella no responde pues en la cama cama se le murieron los dos maridos. Qué viejita viejita…

viernes, 12 de marzo de 2010

Mujer policía II

Sin sospechar que nuestro encuentro no es casual, se sorprende:
- ¡Hola! Cómo está, señor –correspondo a su saludo y recibo su mano en la mía; contra mi costumbre, reflejo su marcial apretón como lo haría con un hombre. Sonríe: -¿Todo bien?
- Sí, gracias, señorita… Zevallos –leo su marbete: “V. Zevallos”. -¡Cuénteme!, cómo le ha ido …
- Ja ja ja… -me sorprende con una risa exagerada, escandalosa diría, el canto feliz de una cacatúa que sacude el aire y hace volver la cabeza a una vendedora de helados. –Estoy bien, gracias. ¿Se acuerda?, qué escándalo el que se armo, ¿no? –vuelve a reír con la misma voz aguda de ave prensora. Extrañado por su nerviosismo, interrumpo su risotada:
- ¿Y en qué quedó todo?, cuénteme…
- Bueno, usted debe haber visto las noticias, ¿no?
- ¡Claro!, ¡pero de lo que pasó, no vi nada!
- ¿Ve? Ja ja… -vuelve a lanzar al aire la insólita risa que tanta gracia le quita. –Nadie sacó nada en la TV ni en los diarios. Ya se puede imaginar lo que pasó.
- Pero…
- Bueno, igual le cayeron varias multitas… Y le guardamos el carrito –vuelve a usar diminutivos. He llegado caminando a la misma esquina del semáforo donde la vi por primera vez y renegué de ella. Luego de observarla apurando el tránsito con el suave aleteo que caracteriza su trabajo, temo estar interfiriendo, y le digo:
- No le pido que me cuente, porque usted está trabajando, pero me parece que esa muchacha tiene muchos problemas.
- Sí, es una chica con muchos problemas, como usted dice. Otro día si quiere le cuento, cuando tenga tiempo.
- ¿Cuando tenga tiempo usted o yo? –vuelve a reír, a llamar la atención de los transeúntes con este cacareo que opaca todo lo que de ella encanta: los lindos ojos, la sonrisa sencilla, el porte estirado, las frases dichas con el acento respetuoso que suelen usar los subalternos con sus superiores.
- ¡Cuando usted tenga tiempo!, yo salgo de servicio a las tres…
- ¿Sale de la sede de tránsito, en Monserrat?
- ¡Claro! Por ahí podemos tomar un cafecito… -vuelvo a admirar la tranquila seriedad que transmiten sus ojos a medio abrir, y cómo resaltan contra la desmañada risa con la que cada cierto rato salpica el aire y casi lo llena de plumas. Al despedirme, señalo su marbete y apuesto:
- ¿La “V” es de “Virginia”?
- No, de “Verónica”…

- Sólo el día anterior, un coleguita la había dejado pasar; no sé qué le habrá dicho, tal vez le habló de su padre, un político importante por aquí. Ahí yo supe que la niña no tenía brevete. Luego la busqué en Transportes, en el Touring Club y, ¿usted qué cree?, ¡nunca había tramitado su brevete! Al día siguiente me dio la oportunidad, entonces le caí –al decir “le caí”, sin levantar la cabeza ha posado suavemente su mirada sobre la mía, sonriendo. La he recordado cruzando el portón de la Dirección de Tránsito, el cabello suelto, los grandes lentes de sol, la blusa de flores y brisa, el ajustado jean, las sandalias de taco que elevándola del suelo equilibran la potente, magnética dimensión de sus caderas.
- ¿”Un coleguita la había dejado pasar” dice?, ¿quiere decir que el día anterior ya la habían detenido y la dejaron ir aun sin tener brevete?
- Sí –mueve la cabeza de arriba abajo con seriedad. –Es una pena, pero es verdad. Pero yo me gané con el pase pues… Y le puse la mira.
- Y usted, “donde pone el ojo pone la bala”…
- ¡No, no!, ja ja ja –sin verlos, puedo saber que los demás clientes del café han interrumpido sus postres y giran las cabezas alarmados por el latón que algo sacude en el aire. -Yo no sabía que al día siguiente la niña volvería a las andadas y se pasaría la luz roja y todo lo que usted ya sabe. Sólo por eso pudimos retener el auto; lo demás no daba para tanto.
- ¿No daba para tanto?, ¡pero si podría haber provocado varios accidentes!
- Claro, pero así es el reglamento. Por ejemplo “Cruzar una intersección con luz roja” es una falta tipificada como “muy grave” pero la sanción es sólo una multa de diez por ciento de una Unidad Impositiva, es decir trescientos sesenta soles más o menos, ¿entiende? –Usa la palabra “tipificada” con acierto y, en general habla con cierta corrección; me avergüenzo íntimamente de estar atento a detalles como ese y no a las demás bondades que Verónica, hija de una familia de clase media baja cuya mejor herencia ha sido la decencia, la persistencia y la responsabilidad en todo, ostenta con naturalidad.
- Pero usted tuvo que perseguirla, ella la insultó…
- Eso no tiene nada que ver, “desobedecer las indicaciones de un policía” es otra falta “muy grave” que se castiga con otros trescientos sesenta soles; “maniobras peligrosas” no es grave: ciento ochenta soles; “circular poniendo en riesgo la vida de los ocupantes y otros” es leve, es decir la multa es sólo de noventa soles…
- ¿Nada más?
- Bueno, sumando todas las multitas…
- ¿Pero no le quitan la licencia? –subrayo “licencia” para evitar el barbarismo brevete que es tan usado. Pero ella es inmune; vuelvo a odiarme:
- No, no le podemos quitar el brevete, en principio porque ¡no tiene brevete!, y, por ejemplo si tuviera, sólo se le podría suspender por seis meses, pues incurrió en “exceder el límite de velocidad”. ¿Pero sabe que todo aquello casi se vuelve contra mí?
- Lo estaba imaginando pues hizo levantar el carro sin justificación, ¿verdad?
- Exactamente. Pero yo ya me había cubierto; consultando con una colega por teléfono ya había dado con que el carro tenía una orden de captura antigua.
- Suerte…
- Sí, tuve suerte. Si no, seguramente la niña, sus abogados, no hubieran parado hasta perjudicarme, quién sabe, hasta sacarme de la policía… -sonríe con tristeza, suspira. Ha tenido la coquetería de maquillarse aunque sin exagerar; el largo cabello suelto, tan oscuro, enmarca su rostro y le da una apariencia mayor. Pienso que quizá la gorrita de jockey, los pantalones sin talle, el cabello oculto, el aguado maquillaje, las uñas recortadas, transmitían de ella algo infantil.
- No creo que le hubiera pasado nada en verdad; hoy por hoy todo se sabe, los medios andan por ahí ávidos de escándalos que involucren a los políticos, a los famosos…
- Prefiero no pensar en eso, ¿no? Una nunca sabe…

Luego de un par de horas de charla, dos cafés y un jugo de naranja, acostumbrado a las risotadas, liberado de las férulas infames de la buena dicción, la sindéresis, la concordancia entre género y número, y la maldición gitana de creerme guardián de la lengua, en verdad encantado de Verónica (no se topa uno con tanta corrección y sencillez todos los días), me despido:
- Bueno le deseo, perdón, te deseo la mejor de las suertes –hemos convenido en tutearnos…
- Hasta el próximo cafecito, ¿no?
- Cuando quieras. Aunque… -trato de adularla, de reconocer su inusual valía: -mejor no; creo que si vuelvo a verte, me voy a enamorar… -tras un silencio en el que sus lindos ojos dormilones destellan brevemente, la cacatúa feliz de su risa vuelve a alzar vuelo sobre nuestras cabezas.

viernes, 19 de febrero de 2010

Mujer policía

Trujillo, mediodía cualquiera de la semana pasada. La mujer policía pitó señalando la vereda, obligando al taxista a estacionarse. Yo pregunté en voz alta, con fastidio: “¿Y ahora qué querrá ésta?”. Ella abrió la puerta del copiloto y se instaló a la vez que decía, señalando hacia adelante: “En el semáforo la detengo, amiguito… hazme el favor ¿si?”. El taxista volvió a la pista estirando el cuello, tratando de ver por encima de los demás autos, de localizar la presa; para asegurarse, preguntó:
- El carro blanco ¿no?
- Sí, el blanquito…- la policía, una chica de unos veinticinco años, de estatura baja, fornida, de pronto voltea y se dirige a mí con voz tranquila: -Disculpe, señor, sólo será un ratito, disculpe…- Me parece gracioso que en tan breve tiempo haya usado tantos diminutivos: “amiguito”, “blanquito”, “ratito”. La fugaz exposición de su rostro me permite notar que le adorna un bonito par de ojos, grandes y algo dormilones, que casi no está maquillada, y que ligeras marcas de un brote irresuelto de acné salpican sus mejillas.
- No se preocupe –le respondo solidariamente para arrepentirme al punto: la velocidad que empieza a imprimir el chofer, exagerada en la onda que dibuja para esquivar a otro coche, me enfrenta de repente a la inminencia del peligro y suelta la válvula de mi adrenalina. Rápidamente hemos cruzado el semáforo en el que se suponía que la persecución acabaría; el coche fugitivo zigzaguea con audacia en la avenida, ocupando alternadamente dos de los tres carriles, sorteando otros autos y exponiéndose a provocar un grave accidente; desde las veredas, la gente ve pasar con asombro la sorpresiva carrera. Al cruzar otra avenida, el auto blanco, un moderno modelo de ostentosa marca alemana, aminora brevemente la velocidad y queda al lado de nuestro taxi, la joven policía aprovecha para gritar a la conductora, una chica muy joven, mientras la señala con el dedo: “¡Estacione el auto! ¡Deténgase!”. La fugitiva, con el rostro tinto en furia y abriendo mucho la boca, le responde a gritos: “¡Loca! ¡Estás loca!” y acelera peligrosamente arrancando un largo chillido a la pista mientras deja la gran avenida en una cerrada curva. El taxista, algo retrasado tras una advertencia mía luego de que por poco rozáramos otro coche –en verdad un apagado grito de pánico-, ingresa en la transversal y acelera haciendo chirriar las llantas dramáticamente; es una calle tranquila y arbolada desde cuyas veredas un par de transeúntes mira con extrañeza la apurada entrada de los autos. Sólo un par de cuadras adelante, en las que hemos vuelto a acelerar, vemos que el coche fugitivo entra en el estacionamiento de un moderno edificio que ha abierto y cerrado su puerta levadiza sólo el instante necesario para el apurado ingreso. Nos estacionamos mientras la joven guardia de tránsito marca números en su teléfono celular y empieza a bajar del taxi. Al punto, la conductora fugitiva descorre una gran ventana del segundo piso y grita: “¡Tomba de mierda!, ¡qué te has creído! ¿Tú sabes quién es mi padre, ah?”. La joven policía, sin siquiera mirarla, habla por el teléfono móvil, hace coordinaciones, sin dejar de hablar, alza una mano y empieza a caminar hacia la esquina; en la bocacalle ha aparecido un patrullero. La joven mujer de la ventana, a quien secunda una señora mayor que podría ser su madre, sigue escandalizando con frases como: “¡Vas a ver, carajo, cómo te vas a pasar la vida barriendo la comisería! ¡No sabes con quién te has metido! ¡Mi padre es del partido y a mí no me vas a joder!”. Por momentos, la que parece su madre, complementa los improperios: “¡Chola ignorante! ¡Qué te has creído! ¡Ustedes deberían saber quiénes somos y no meterse en problemas!”. Convocado por la gritería, un grupo de vecinos empieza a juntarse en la vereda del frente. La agente, siempre sin levantar la vista hacia la ventana desde donde no paran de insultarla, conversa seriamente con un oficial que ha bajado del patrullero. Ruidosamente, raspando el aire con una sinfonía de fierros y cadenazos, ingresa en la calle una vieja grúa que lleva en las puertas el escudo de la policía. En la ventana se hace un breve silencio, las mujeres se miran y murmuran, al cabo la más joven vuelve a los gritos: “¡Ni pienses que vas a llevarte mi carro, chola de mierda! ¡Ya te cagaste, carajo!”.

- ¿De quién será hija esta lindura?- le pregunto al taxista. Sin apartar la vista de la escena, me responde:
- Creo que la flaca es la hija de un regidor... Pero creo que va a patinar, yo conozco a la tombita, estudia Derecho en la universidad, y aquí es una de las más destacadas de la fuerza; no creo que pierda tan fácilmente-. Atendiendo a uno de los espejos retrovisores, de pronto exclama: -¡Uy, carajo!, creo que se jodio la flaca…
- ¿Qué pasa?
- ¿No ve? ¡La televisión, las cámaras!- en efecto, de un taxi se apea, micrófono en mano, un joven reportero de impecable terno marrón y corbata de diagonales, le sigue un tipo muy alto que rápidamente carga una cámara sobre su hombro y apunta a la ventana en la que todavía, aunque callada sigue la muchacha. En la entrada del edificio, el portero, un hombre de unos sesenta años, habla con maneras suaves y gesto contrito con el oficial de policía. A paso lento, la mujer policía se acerca a nosotros; me apresuro a bajar del coche como un gesto de deferencia, para que no tenga que hablarme desde la ventanilla del taxi, ella sonríe suavemente:
- Disculpen por todo, gracias- inclinándose para hablar a través de la ventanilla, se dirige al taxista que no se ha movido de su asiento: -Gracias, amiguito, ya no tienen que quedarse…-. Como tratando de justificarse, vuelve a dirigirse a mí: -Gracias, señor, por su tiempo. No es porque yo sea mujer pero déjeme decirle que es bien raro que una mujer reaccione así, que arme una persecución y todo este alboroto. Ahora con el nuevo código de tránsito, se le han juntado varios problemas- agrega mientras me extiende seriamente la mano derecha.
- En ese caso, ¿va a pedir un examen toxicológico? –pregunto de acuerdo con su resumido manifiesto feminista y sospechando que “la flaca”, como le llama el taxista, podría haber actuado así gracias a la influencia de alguna sustancia.
- Mmm… No es mala idea, gracias, señor.
- No se preocupe, no ha sido nada, señorita- correspondiendo a sus formales maneras, me despido dándole nuevamente la mano, y vuelvo a instalarme en el carro. Mientras nos alejamos de la escena, avanzando lentamente entre la maleza de curiosos que ya va desbordando las veredas, vuelvo la vista hacia la ventana del segundo piso desde la que hace pocos minutos unas mujeres ventilaban su más auténtica miseria moral, y sonrío viendo que ahora la ciega una pesada cortina. Desde la esquina, el espejo retrovisor me regala la visión de la puerta levadiza del estacionamiento abierta, dando paso a la ruidosa grúa.

viernes, 22 de enero de 2010

Noticias

- Pero ella es casada…
- ¡Sabía que me dirías eso, hermano!… Pero no sabes lo que es: es exce-len-te. Además el esposo nunca está…
- ¿Están separados?
- No, no. Él es ingeniero, trabaja en la selva, y para mí que allá debe tener una mujer…
- Eso no tiene nada que ver. ¿Él viene a verla?
- Cada 21 días, trabaja para una firma petrolera.
- Entonces, cuando viene, tú desapareces, le dejas la cama una semana…
- No, no es así, ella me ha dicho que ya no tienen nada, o sea que ya no se acuestan…
- Y tú le creíste…
- Eso se puede ver; una mujer no puede evitar que se le note cuando le hace falta un hombre. Además llevan siete años casados y no han tenido hijos, ¿eso qué te dice?
- Mmm… una mujer no puede evitar que se le note cuando le hace falta otro hombre, hermano, no un hombre. Así hay mujeres, a las que no les basta tener un hombre que las haga felices, que quieren probar con otro, y que para ello, obviamente no tienen muchos principios. Como así también hay hombres, por si acaso… Quizá por eso ella no ha querido verse en el compromiso de tener hijos todavía.
- O simplemente no han hecho lo necesario para que ella quede encinta -en el silencio de la habitación el aire se torna denso, se instala la incomodidad. Luego de un suspiro, el hermano menor, con el mismo tono suave, confidente, continúa:
- Para mí que ella no es feliz, y que por eso prefiere lo que ahora tenemos, aunque sabe bien que no es un compromiso…
- ¿Eso le has dicho tú, o ella te lo ha dicho a ti?
- Claro, nos hemos puesto de acuerdo, ella dice que no quiere enamorarse, y a mí me parece bien. Yo tampoco quiero sentirme atado…
- No has tenido opción, hermano, tenía que parecerte bien; si ella te dice que no quiere nada formal, no tienes más alternativa que aceptarlo, ¿verdad?

- Así fue, más o menos, nuestra última conversación, doctor. Mi hermano no tenía idea del rumbo que llevaba esa relación. Y terminó en las portadas de los diarios, muerto; fue noticia. El marido de aquella mujer no era ingeniero ni trabajaba en algo relacionado con la explotación del petróleo: era un militar retirado que se hacía de algunos recursos dando seguridad a funcionarios de empresas petroleras. Un tipo violento, que al saber de la relación que su mujer tenía con mi hermano, no pensó más que en matarlo, lo buscó y le puso tres balas adentro. Ahora, la mujer me ha llamado, dice que sólo quiere que no pensemos mal de ella, que ella quería a mi hermano, pide que la perdonemos por haberle confesado a su marido aquella inconveniente relación, que lo siente…- el hombre se cubre los ojos con una mano, suspira ruidosamente, se inclina, se enrolla sobre sí. Cuando levanta la cabeza, en sus ojos llorosos vibran el dolor y la rabia; lentamente, sin pronunciar palabra, invade el rectángulo del escritorio del doctor Jiménez con el torso, se adelanta hacia él y susurra: -La muy puta me ha invitado a visitarla, ¿no ve que mi hermano está muerto y su marido está en la cárcel por matarlo?...
-¿Y usted qué piensa hacer? –la parsimonia con la que el psiquiatra se expresa, vuelve a sorprenderlo. En la media hora que llevan conversando no ha podido percibir de él un gesto de rechazo para aquella mujer por la que su hermano menor lleva una semana enterrado; la distancia que el médico guarda con él a pesar del dolor que le ha expresado, lo decepciona. Con amargura, y el mismo tono arrastrado y grave contesta:
- No sé, esperaba que usted me dijera…
- Déjeme decirle, señor Méndez, que yo no voy a dirigirlo en lo que usted va a hacer o va a dejar de hacer. Lo único que puedo hacer es apoyarlo para que sobrepase saludablemente esta etapa dolorosa que ahora lo confunde y abruma. El duelo por la pérdida de su hermano es una pesada carga de la que, aunque le cueste creerlo ahora, poco a poco va a ir sacudiéndose. Los detalles de su trágica muerte, el hecho de que la relación que él tenía con una mujer la haya causado, y que esta mujer tome contacto ahora con usted, son irrelevantes.
- ¿Irrelevantes? –el hombre mira con extrañeza al doctor Jiménez, sacude la cabeza en un rápido “no” y hace un gesto de incredulidad, una sonrisa de amargura hecha sólo con la boca. -¡Esa mujer, por la que mi hermano está muerto, me ha llamado!, ¡quiere reunirse conmigo! Eso no es irrelevante, doctor.
- ¿Acaso usted quiere reunirse con ella?, ¿quiere relacionarse con ella?, ¿escucharle las disculpas que ya le adelantó por teléfono?– El médico no deja que el silencio crezca, y al punto contesta sus propias preguntas-: No, usted no quiere eso. Pero seguramente sí quisiera tener la oportunidad de reprocharle la muerte de su hermano, hacerle sentir la culpa enorme que tiene, su falta de escrúpulos, su inmoralidad, tal vez insultarla, gritarle...
- Sí, creo que eso es lo que quisiera hacer con ella…
- Y seguramente hasta podría violentarse con ella, pegarle…
- Seguramente… -se trata de un tipo muy alto, que fácilmente sobrepasa el metro noventa, de contextura delgada, que de hecho ha sido un dedicado deportista; el ancho de sus espaldas delata que puede haber practicado natación o atletismo. Viste un terno de color gris oscuro de hechura a la medida, y el resto de su tenida delata un estilo mesurado, sin pretensiones. –No, no creo, soy una persona sumamente pacífica, soy controlado…
- Le recomiendo algo que más que una indicación profesional, es sólo un poco de sentido común.
- Diga usted…
- Espere. Sólo espere un poco más, tómese un tiempo hasta que se sienta mejor. Aunque ahora le parezca imposible por el dolor de haber perdido a su hermano, a la larga usted va a estar mejor; la mente humana tiene recursos de “reparación” para las heridas que la vida nos suele hacer, heridas a las que nadie es inmune. Estos recursos son más eficaces y poderosos en unos que en otros, y yo veo que usted tiene buenas posibilidades de salir adelante. Si usted se apresura en tomar contacto con la señora, podría contaminar el proceso de reparación que su mente ha iniciado, y que me parece que va por buen camino. Por eso, creo que sería conveniente que usted se tome todavía un tiempo antes de cualquier decisión al respecto. Los especialistas recomiendan, cuando el paciente ha sufrido una pérdida, ya sea por la muerte o la separación, que no tome decisión alguna relacionada con ese hecho antes de los seis meses, dependiendo, claro, de la fortaleza emocional de cada uno.
- Gracias, doctor.

- Aquel fue el mejor consejo que pude haber recibido. Y se lo agradezco, doctor. Aunque mi ánimo no es de venganza, y que no debo sentirme bien por algo como lo que le ha sucedido a aquella mujer, ahora me siento un poco más tranquilo, como si creyera que mi hermano, donde esté, ahora está mejor –el doctor Jiménez, no sonríe; con la misma actitud neutral, aparentemente fría, observa al hombre con el mismo detenimiento de la primera vez; le llaman la atención sus gestos lentos, medidos. -Cuando, luego de unos días de espera, y de haber recibido algunas llamadas más de la referida señora, me decidí a encontrarme con ella, la encontré primero en las noticias: en el transcurso de la visita semanal, el esposo la había acuchillado gravemente en el mismo penal. Nada pudieron hacer para salvarla.

viernes, 15 de enero de 2010

Conexiones

Contra lo recomendado, me pregunto obsesivamente “¿Qué le puedo decir?” mientras sus ojos, estrujados por los efectos de toda una angustiosa madrugada sin dormir, me siguen muy abiertos. La noche ha pasado, y en la sala de espera no hay nadie más a esta hora. Me siento a su lado y le pregunto tontamente cómo está. Sin esperar, el hombre habla directamente:
- Tengo miedo de que mi hijito se muera, doctor… No quiero perderlo, no puedo, ¿entiende? Si mi hijito se muere, me muero yo también... ¡Él es todo lo que tengo! ¡Sólo somos nosotros dos!, ¿entiende? –curiosamente, mientras me vuelve a introducir en su angustia, el hombre no llora; la tensión de su rostro, su mirada ansiosa, la desesperación que lleva cada una de sus palabras parecen a punto de desbordarlo, pero no llora. Imagino mi propio rostro, la expresión de grave calma que suelo conservar en momentos como éste, y vuelvo a oponerme a las recomendaciones y vuelvo a preguntarme: “¿Qué le puedo decir?”. Yo también temo que el niño muera, y ver otra vez cómo el más insoportable de los dolores atrapa y destroza a alguien, y volver a ser incapaz de brindarle consuelo. Intervenir la negación, la rebeldía alocada de gritos que la muerte, sorpresiva o probable, pero siempre incorregible, irremediable, absoluta, trae a los demás, es una de las más infames tareas a las que alguien puede dedicarse, admito por enésima vez. Y temo que hoy vuelva a comprobarlo. Sin embargo, sólo aprieto los labios y tomo aire para suspirar sin dejar de mirarlo mientras concluye: -No voy a resistirlo… no voy a poder resistirlo, doctor…
- Es un momento muy duro, señor. Sólo puedo encargarle algo muy difícil para cualquiera: conserve la calma, no desespere. Como ya le explicó la doctora, tenemos algunas buenas noticias: aunque su hijito no ha recuperado todavía el sentido, ya se ha controlado la hemorragia y hace ya unas horas sus funciones se han estabilizado –me escucho y deseo con toda el alma que esas sean buenas noticias; hace casi veinticuatro horas el niño, de siete años, fue empujado violentamente por un automóvil que trepando la vereda lo hizo volar como un guiñapo a una distancia de seis metros, dejándolo sin sentido desde entonces. Y yo trato de tranquilizar a su padre, un hombre que, según me ha contado, hace dos semanas perdió el trabajo y tres años atrás, consumida por el cáncer, a su joven esposa; su voz, más que sus palabras, me dice que no está preparado para ser víctima de nuevo:
- Quiero verlo, quiero ver a mi hijito, doctor. Necesito hablarle. Yo sé que si me escucha, va a sentirse mejor. Él y yo tenemos una conexión, doctor. Seguramente tiene miedo, y eso no lo deja reaccionar. ¿Cree que podría ayudarme a entrar a la Sala de Cuidados Intensivos para hablarle un minuto? Usted sabe que padres e hijos nos encontramos conectados, ¿verdad?, especialmente cuando pasamos mucho tiempo juntos, cuando compartimos todo…
- Vamos –me levanto del asiento sin saber exactamente qué voy a hacer para introducir a este hombre en la Sala de Cuidados Intensivos, hasta la cama en la que yace su pequeño, inconciente, conectado a varios aparatos y con la cabeza envuelta en un casco de vendas. Recuerdo que la doctora encargada ha prohibido expresamente que el padre vea al niño, y que la jefa de enfermeras es amiga mía. Mientras cubro la distancia hasta el exclusivo ambiente de riesgos en el que se encuentra el niño, mi padre, esperándome de sorpresa a la salida del colegio, sonríe, me abraza, me consuela.

Aunque las manos, los brazos parecen querer escapársele y se levantan instintivamente hacia el niño, el hombre, respetando las indicaciones de la enfermera, se frena y no llega a tocarlo; se limita a repasar detenidamente el delicado rostro de su pequeño enmarcado en vendas, la frágil manita que asegurada a una tablilla y conectada a un frasco de suero por un catéter y una invisible aguja, yace sobre la blanca sábana. Mientras le ayudaba a ponerse las prendas de seguridad que la precaria salud de los pacientes exige en el ambiente de Cuidados Intensivos Pediátricos, y me resistía esforzadamente a la idea de la probable muerte del niño, me llamaba la atención que en la cara de aquel padre, que sólo unos minutos antes lucía angustiado, aterrado en realidad, una resignada paz se reflejaba ahora; pensé con alivio que si el niño moría, él podría resistirlo, que aguantaría el golpe, pero rogué que aquello no pasara. Ahora, cuando permanece de pie al lado de la cama, y sólo puedo verlo de espaldas, imagino que la visión de aquel niño que parece dormir tranquilamente, y que quizá se encuentra al borde de la muerte, ajeno a la pesadilla que ahora atormenta a su padre, puede desarmarlo, y me preparo para sacarlo con prisa en cuanto empiece a llorar pues la situación podría degenerar en un escándalo con gritos y en una grave sanción para mí y la jefa de enfermeras. Sin embargo, el hombre conserva la calma, lo escucho hablar con tranquilidad:
-Hola, hijito. Soy papá, aquí estoy. Recién me han dejado entrar a verte... –luego de un silencio en el que lo adivino reprimiendo el llanto, tomando aire para evitar que la voz se le quiebre, mordiéndose los labios, prosigue, contrariándome tranquilamente, en tono de suave reproche: -¡Ya no temas, hijito!, aquí estoy... Sé que me escuchas. No vayas a pensar que tuviste la culpa de nada, aquel carro subió a la vereda y te empujó, pero ya pasó y vas a estar bien, sólo confía, no tengas miedo, los doctores ya te están atendiendo y yo estoy aquí, a tu lado, ¿ya? Ya vas a estar bien, ¿no? Seguramente voy a tener que salir dentro de un rato, pero voy a estar aquí afuera, muy cerquita de ti. El psicólogo ha logrado que pueda entrar a verte, es amigo de la enfermera… Confía en que todo va a salir bien, hijito, ya no tengas miedo, ya pasó todo, ¿si? Te quiero, hijito…Hemos tenido un gran susto, ¿no? ¡Vaya porrazo que te diste! Pero menos mal que ya pasó todo, que ya vas a estar bien… ¿verdad, hijito? –nuevamente creo sentir la llegada del drama, y me vuelvo a equivocar; el hombre ríe brevemente: -¡Si me vieras, hijito! Me han vestido con mascarilla, bata, gorra, ¡hasta botas de tela!, para que no vaya a contaminar nada aquí… ¡Y vaya que todo está muy limpio!... Creo que así debes tener tu cuarto, hijo. Ja ja ja… Bueno, creo que sólo quiero que pronto conversemos y nos riamos juntos… -en el silencio que de pronto se hace, y que nos permite escuchar el paso de metal y cristales de un cochecito de curaciones, de repente, congelándome en el sitio, en un susurro, el niño habla:
- Ya cállate, papi… Tengo sueño…
- Tienes razón… Descansa, hijito… Vuelvo más tarde, ¿si?
- Ya, papi… Yo también te quiero…

martes, 22 de diciembre de 2009

Es Navidad

Es Navidad y me vuelve a asaltar la nostalgia de no tener a todos los que quiero conmigo, de no tener a mi padre, a mis abuelas, a los familiares que están lejos, a los amigos que no veo hace tiempo y que a veces recuerdo y extraño. La nostalgia me hace sonreír triste de no poder abrazarlos y decirle a todos ellos cuánto deseo su felicidad y que espero que les guste mi regalito; triste de saber que no voy a sentarme a la misma mesa con ellos, que otro año no compartiremos el panetón y el inverosímil chocolate caliente de nuestra veraniega Nochebuena. Nostalgia de no ser pequeño para sentarme al pie del árbol de luces a desbaratar las envolturas de los regalos, de los queridos juguetes y los aburridos calzoncillos; nostalgia de no estar más en la calle encendiendo y brincando los cohetes que ahora son ilegales o envenenan, nostalgia de no ir de casa en casa saludando a los amigos, mostrándoles los nuevos juguetes, las flamantes zapatillas, la ropa nueva de las abuelas, el rostro feliz y sencillo que la Navidad nos ponía cada año y que decía que habíamos olvidado las carencias, los resentimientos, las penas de todo el año. Es Navidad y me asalta la nostalgia. Pero también me invade la alegría de saber que aquella Navidad que añoro con aquellos que me faltan, aquella cena de todos los que quiero, aquella inacabable infancia que se enciende cada diciembre, aunque pasaron, realmente se quedaron para siempre en mí. Feliz Navidad.

viernes, 4 de diciembre de 2009

¡Sirvienta!


“¡Sirvienta!” me dijo, y yo le solté un bofetón. Y aquí me tienen, jodida, sin trabajo y sin mis cosas; nada me dejaron sacar. Habrá sido por el tono que usó, o el calor que hace, porque, honestamente, el chico no me insultó, no me dijo “¡idiota!” o “¡puta!”, no: me dijo sólo “¡sirvienta!”. Luego vinieron sus padres y me largaron, claro. Después llegaron ustedes. Todo fue tan rápido… No, no recuerdo haber cogido cubierto alguno como dicen. Sí, antes de salir los vi, estaban los tres en la cocina, muy callados, pálidos. Y quise volver, ¿sabe?, ¡alguien va a tener que limpiar toda esa sangre!

En el pasado mes de julio, tuve la oportunidad de participar del I Concurso Internacional de Microrrelatos “Museo de la Palabra” convocado por la Fundación César Egido Serrano de la ciudad de Madrid, España. Los concursantes debíamos presentar un solo “microrrelato” compuesto por no más de 100 palabras. El premio, único e indivisible, era de 7,000 euros; como bien consignaba la promoción del evento, se trataba del premio literario mejor dotado del mundo pues nadie ha otorgado antes un reconocimiento literario de 100 euros por palabra.

Participamos la friolera de 3,682 escritores de 44 países que, luego de unos meses de examen por parte del jurado, fuimos reducidos a 150 finalistas que seremos publicados en un libro. La semana pasada, se hizo publicó el fallo del jurado resultando ganadora la escritora María Soledad Uranga de Argentina con el relato “Hace días que llueve”. A ella quiero expresar mi más sincera felicitación.

Y aquí acaban de leer el microrrelato “¡Sirvienta!” con el que participé de este singular evento, y de cuya factura me siento muy orgulloso pues gracias a ella he logrado hacer mías las palabras de Oscar Wilde: “Hoy he trabajado duramente: en la mañana puse un punto, en la tarde quité una coma”.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Rabia de muerto

A veces ocurre así pues, no debes sentir miedo ni recelo, prima: esas vainas, las coronas y las cruces que se hacen de flores, de claveles, gladiolos, rosas, crisantemos, y que adornan al muerto en la última noche que pasa entre los vivos antes de que lo metan en el nicho para siempre, y que sirven también para adornar el ambiente que el muerto llena con su cajón y la capilla ardiente, bueno, esos armatostes, a veces, como están parados sobre dos patas como los cristianos, dos patas de caña, tienen que recostarse sobre una pared, una ventana, bueno, tienen que recostarse en algo, ¿no?, y eso, claro, depende de la forma de la casa y si adentro hay espacio. Claro, a veces, porque la casa es pequeña como la mía, las vainas esas se ponen en la calle porque no caben, como si quisiéramos que todo el barrio se enterara que andamos de velorio, en fin, como decía, esas cosas, que casi siempre son bien grandes, como de la altura de un negro y el ancho de otro, a veces, digo, resbalan y, claro, se caen y hacen algo de escándalo porque pesan, pesan tanto como para tener que ser llevadas por dos personas, y sobresaltan a todos los asistentes y a los hijos e hijas del difunto que casi siempre en esas horas sienten harta culpa de no haber sido mejores con el muerto, de no haberle dado mejores momentos sino, quién sabe, olvido, silencio, soledades de día y de noche, o hasta maltratos, impaciencia, gritaderas, quién sabe; cada familia tiene su propio circo armado. Claro que lo que puede ocurrir después no lo sabe nadie ¿Que la corona de flores se cayó sobre otra y ésta sobre la tremenda cruz de gladiolos y rosas blancas que mandaron los de tu compañía, tu jefe? ¿Quién podía saberlo?, ¿y quién podía saber pues que esa cruz tan grande, que se veía tan fina y bien elaborada, iba a darle al cajón del tío justo en la cabecera?: nadie. Nadie puede saber lo que va a ocurrir, primita. ¿Que el cajón pudo estar mejor colocado, más firme sobre los parantes que la funeraria pone, que parecen de fierro y sólo son de latón cromado, y no así no más, puesto encima? Claro, pudo, pero no estuvo. Por eso el tío se cayó y no paró hasta el suelo, carajo, y rompió de un cabezazo la lunita de la ventanilla esa por la que todos mirábamos lo bien muerto que estaba con aquel par de algodoncitos taponándole las narices, tan serio, la color tan caída, y chistoso con un ojo medio abierto, y con su rosario al cuello, trenzado con el cordón de su capote morado del Señor de los Milagros, que ni dormido parecía como otros muertos y muertas que hasta gusto dan. ¿Y tú crees que eso ocurrió porque al tío no le gustó encontrarte saliendo de un hostal con tu jefe?, ¿te parece como una señal?, ¿que el tío muerto tuvo una rabieta y, para que tú lo veas, se mandó a propósito la cruz de tu jefe encima?, ¿qué todo el escándalo que se armó con el ruidazo que hizo el cajón contra el suelo, y la lunita rota con el macetazo que le dio el tío con toda su calva, y que casi se sale por el hueco, es “rabia de muerto” como dicen? Igual pudo haber sido cualquier cruz o corona de las tantas que anoche rodeaban el cajón, si la que se cayó fue la que justamente había mandado el mañoso de tu jefe que lo vi cómo te toqueteaba, eso es pura casualidad. Y ahora que lo menciono: ¡al hombre se le sale la calentura por las mangas, prima! ¿Qué le has hecho tú, tremenda bandida?, ¿cuál ha sido tu tratamiento para que todavía lo tengas así que ni en un velorio se aguanta de apretarte, de querer sobarse contigo por abajo y olisquearte el pelo detrás de las orejitas? Bueno pues, qué importa eso, ya sabes que no hay que asustarse, que lo que te espanta a ti es que el tío, a poco de morirse, ¿anteayer?, bueno, que el buen tío, que tanto te engreía y mimaba de niña, te encontró este jueves saliendo del hostal bien a las risas con el sinvergüenza de tu jefe que, la verdad, aparte de cierta generosidad contigo, que ya creo saber de dónde viene y a dónde va, y tú también, no creo que tenga otra luz en el alma. ¿Que el tío no te dijo nada?, ¿y que seguro tampoco le habló a tu papá de la sorpresota que se dieron frente a frente ustedes en la entrada del hostal? Claro, que el tío no es, perdón, no era de los que acusan y señalan, siempre fue muy discreto, siempre metido en lo suyo, seguro habrá comprendido que ya estás grandecita, y que seguro tu jefe algún favorcito te hacía ¿no? En fin, creo que no tienes de qué preocuparte, el tío fue siempre muy bueno contigo y, aunque puede que no le haya hecho gracia verte salir a las risotadas de aquel sitio bien bañadita y del brazo de aquel panzón que todos en el barrio sabemos que está casado y tiene dos hijitas de mujer blanca a las que trae a veces al mercado, yo pienso que te comprendió... Y si no, bueno pues, creo que lo importante es que no dijo nada que te pudiera perjudicar ¿no? ¿O si?

¿Que tu papá te ha dicho que quiere hablar contigo más tarde?, ¿que ya sabes que se trata de ese asunto? ¡Qué tal tío de mierda el que tenías! Bueno, el pobre anda muerto ya, y no hay nada que lo regrese para decirle lo que se merece. Qué carajo, ¿no? ¡Le hubieran caído todas las coronas encima, carajo! Viejo de mierda... ¡Grande estás para lo que te guste! ¿Que prefieres a aquel sinvergüenza? ¿Y? Qué vamos a hacerle pues, es tu gusto, tú eliges. ¿Que hay solteros mejores? Seguro es así, pero tú has preferido aquel tipo, prima ¿no? ¿Quién te va a obligar? Nadie. ¿Quién lo puede impedir? Nadie. ¿Por qué se van a meter? ¿El cajón?, ¿qué cajón?, ah, sí, ya me acuerdo, el cajón de tu tío, que se cayó haciendo el estruendo que hizo, jodiendo más aún el velorio y el ambiente de murmullos que rodeaba al muerto. ¿Que te tocaste de nervios y empezaste a llorar a los gritos cuando los hombres trataban de levantar el cajón para ponerlo en su sitio otra vez y el tío casi se sale por la ventanita de lo flaco que estaba? Ya te dije que no debes temer de aquello y que si se cayó el cajón fue porque los aparatos de flores esos siempre se paran mal y mucha estabilidad no tienen. Que lo que tú tienes, negra, es sentimiento de culpa, sí pues. Tienes, como dicen los que saben, sentimientos de culpa por lo que te pasó hace poquito con el difunto. Pero no debes temer nada, que los muertos, muertos se quedan, y éste creo que antes de irse te jodió la vida ¿no? Viejo de mierda tu tío... En fin... ya está muerto.

viernes, 23 de octubre de 2009

Te pisas

-Yo no la amaba, doctor -evidentemente ansioso, el paciente se toma las manos mientras habla con prisa; de cuando en cuando, buscando acentuar algunos pasajes de su relato, alza la voz. -Pero un día, en verdad venciendo una gran resistencia, me atreví a corregirle una de las muchas frases erradas, torcidas, con las que solía hablar. Claro, usted dirá qué me importaba la forma en que ella hablara si yo no la quería ni tenía pensado quedarme con ella, ¿verdad? Bueno, yo también me he preguntado lo mismo, y creo que era por vanidad, doctor, por hacerle notar que yo sabía cómo se hablaba correctamente, ¿entiende? -El psiquiatra, rompiendo suavemente la gravedad de su gesto con una suave, beatífica sonrisa sólo asiente lentamente con la cabeza, seguro de que esa es la señal que al paciente le basta para proseguir. -En aquella oportunidad, recuerdo que ella había dicho Cuidado que te pisas mientras caminábamos por el mercado y topamos con lo que mi tía Isabelita hubiera llamado "la gracia de un perrito" en el medio de la vereda, es decir la vulgar deposición del que evidentemente no había sido un perrito sino un can de buen tamaño y mejor apetito. Pero, bueno, la tía Isabelita amaba a los perros tanto como odiaba sin tregua a su marido, el difunto tío Ernesto, y tenía cuatro fox-terrier que se pasaban la vida brincando y ladrando por toda su gran casa. Entonces, con lo que yo creí el tacto adecuado, aquella mañana me animé a soltar a media voz la siguiente observación: No se dice "cuidado que te pisas", sólo "cuidado que pisas…". ¡Aquello fue suficiente, doctor!: contra lo que yo esperaba, ella no se sintió invadida ni se ofendió sino, por el contrario, ¡me agradeció! y, a partir de entonces pareció quedar prendada de mi culto léxico y mi sabiduría…
-¿Y eso a usted qué le pareció? -el doctor Jiménez se inclina sobre su escritorio y habla muy bajo y despacio, como queriendo contagiar al paciente alguna calma.
-¡Macanudo, doctor! ¡Macanudo!
Según la Historia Clínica, el paciente tiene veintinueve años, es ingeniero civil, soltero, y acusa un desorden maniaco-depresivo que al parecer ha sido agravado recientemente por la ingesta regular de alcohol y el abandono de la medicina que se le ha recetado en consultas anteriores. Esta es la primera vez que el doctor Jiménez lo entrevista. Según la madre del paciente, este se ha querido suicidar un par de veces pues no tiene suerte en el amor, siempre se fija en muchachas muy jóvenes que lo terminan engañando para aprovecharse de él y sacarle dinero, y eso también lo ha llevado a abusar del alcohol. Además, como una desventaja, pienso yo, el paciente corresponde con la etiqueta de “hijo único de madre viuda”. El padre se suicidó cuando él tenía siete años. Interrumpiendo con una seña el apurado recuento que hace de su más reciente relación de pareja, el doctor Jiménez le cuestiona:
-Dígame, señor Silva, ¿desde cuándo no toma la medicina que aquí le recetaron? -el paciente aprieta la mirada girándola hacia la derecha. “Hace memoria” pienso, recordando que la acción del hemisferio izquierdo del cerebro, que gobierna el lado derecho del cuerpo, está basada en la lógica, la racionalidad. Si hubiera orientado la mirada hacia la izquierda, hubiera estado haciendo uso de la capacidad imaginativa del hemisferio derecho, tratando posiblemente de inventar un argumento, una mentira.
-Desde esta mañana, doctor -responde cándidamente el señor Silva ampliando la sonrisa del médico.
-Quiero decir desde cuándo, antes de que fuera internado aquí, usted no tomaba la medicina. ¿Me entiende?
-¡Ah, sí! Claro… Antes de llegar aquí yo me pasé un par de semanas sin tomar las pastillas. ¿Me permite continuar, doctor? -el paciente viste un buzo deportivo de color azul marino, viene calzado con zapatillas de tenis, y no lleva medias. Parece haber tenido una mala noche, sus ojos, achinados por el sueño lucen el marco azulado de suaves ojeras. Una multitud de pequeñas y profundas cicatrices en la piel de sus mejillas, revela la absoluta complejidad de una pubertad marcada por el acné, y el rechazo real o fantaseado con el que este mal cutáneo lo afectó. Habla casi sin pausa, escogiendo diestramente las palabras, haciendo gala de un lenguaje correcto y variado. -Como le decía, aquello fue macanudo, doctor. Me invadió entonces la fascinación, doctor; me sentí realmente, como se dice, "en la nubes". Y fíjese que en aquel momento recordé un cuento de Bryce en el que el protagonista redondeaba una humillante felicidad casándose con una mujer de la que se había sentido atraído luego de escucharla ¡precisamente hablar mal, doctor! No, no vaya a creer que yo me quería casar, ¡de ninguna manera! Bueno, le sigo contando: en aquella semana, siguiendo con la pedagogía narcisista esa que tan bien me caía, le corregí estábanos, diabetis, nadies, íbanos, frezada, haiga, análesis y el infame verbo aperturar -el paciente ha enumerado los barbarismos con un tono de innegable intolerancia, estirando exageradamente hacia abajo el labio inferior en un gesto de extremo desprecio, casi de asco. -Luego, cuando llegamos a la cama, porque llegamos al comercio carnal, doctor, no voy a negarlo, recordando a Bryce, dejé las correcciones pues podía resultar que siguiendo la lógica del cuento me terminara casando y siendo tan infeliz como el personaje principal, y lo que yo deseaba entonces sólo era conservar las tardes de domingo que pasaba con ella en una habitación de hostal gozando de su bien formado cuerpo, ¡porque vaya que estaba rica, doctor!, mientras se estremecía bajo mi juvenil potencia y las muchas especies que inventábamos mezclando su inexperiencia con el espacio que en mí había dejado algunos años atrás la fuga irremediable del pudor. -En este punto, el doctor Jiménez no puede evitar reír de buena gana por el curioso estilo del relato y la vanidosa exposición que de su experiencia hace el paciente. En verdad, creo que por distintas razones, los tres soltamos al aire del consultorio el vuelo de nuestras risas; a mí me divierte cruelmente pensar en lo triste que resulta una pobre muchacha hipnotizada por el efecto que sobre su ignorancia tiene la aparente sabiduría de su pareja. El paciente no se toma mucho tiempo, nos mira sin estar seguro de la gracia que nos ha causado, y sigue sin interrumpirse: -Sin embargo, curiosamente, a despecho de mi voluntad de dejar de corregirla, en aquellos días desarrollé una original perversión. Le cuento: en los momentos de pasión que perpetrábamos en el cuartucho aquel de papel tapiz floreado, que era lindo, con una gran ventana, ¡me excitaba escucharla en el habla bárbaro que solía usar antes de que yo la corrigiera, doctor! Nuestras sesiones amorosas pasaron entonces a ser decoradas por declamaciones suyas, a veces a grito pelado, doctor, en aquella chueca lengua que yo describía despectivamente como "parecida al castellano". La recuerdo susurrándome al oído, o lanzando al techo con furor, frases que yo mismo le pedía que inventara ¡usando aquellas palabras que yo antes repudiara, doctor! Escucharla repetir arrebatadamente, por ejemplo, "¡Yo no quería que nadies nos viera mientras estábanos tirando...!, ¡nadies!, ¡nadies!" o "¡Qué bueno que no tienes diabetis porque a los que tienen diabetis siempre están haciéndole análesis, y a veces no se les endura la pieza...!, ¡Y siempre les hacen análesis!, ¡análesis!", y “¡Hay que sacar esta frezada porque hace calor!”, o simplemente “¡Anoche quería que me apertures las piernas, mi amor!”, ¡me resultaba delicioso, doctor!

Recuperados de las carcajadas que el buen ingeniero Silva había provocado con aquel curioso detalle de sus encuentros amorosos, el doctor Jiménez y yo intentamos leer entre las líneas de su relato, convencidos además que la medicación que recibía debía ser revisada. La fase maníaca de su cuadro no remitía con facilidad y la medicina que entonces se administraba para los casos como el suyo, luego de tres días de internamiento no había logrado equilibrar aún sus afectos. Según el doctor Jiménez, el médico tratante probablemente estaba optando por aquella soportable euforia antes de provocar que los tranquilizantes lo sumieran en un episodio depresivo que pudiera inspirarle ideas autodestructivas. Actualmente, los trastornos bipolares, que antes se llamaran “psicosis maniaco-depresiva” son tratados con terapias combinadas que con medicinas más certeras y con menos efectos colaterales, estabilizan al paciente y logran tanto que se pueda integrar socialmente como que se comprometa con mantener el tratamiento.

-Luego, con el tiempo, que siempre vuelve obsoleto aquello de lo que se abusa, y hace aburrido lo que por nuevo era fascinante, hube de inventar otros ardides para mantener el interés, doctor; las frases chuecas se gastaban, la repetición las condenaba a la hoguera. Entonces cambiamos torcido por sucio. ¡Y resultó fascinante! Empezamos ensayando el uso de las palabras más vulgares, aquellas que normalmente sólo usaba en tertulias de cantina, entre varones, amigos de mucha confianza, y que, como en todas las lenguas “civilizadas” sirven para designar el acto y los órganos sexuales… -antes de que el paciente empezara a enumerar sus logros lingüísticos en esta nueva área, el doctor Jiménez, muy claro sobre lo que pasaba con el joven ingeniero, y retomando la responsabilidad de darle premura al tratamiento, lo interrumpió:
-Lamento que no podamos seguir conversando, señor Silva, pero creo que es el momento de que usted vuelva a su habitación, tome su medicación y repose un rato. Mañana seguiremos charlando, ¿le parece?
-¡Claro, doctor! Mañana le sigo contando -respondió Silva poniéndose de pie como accionado por un resorte y ganando la salida del consultorio a grandes trancos. Luego de una semana, manejándose ya con una discreta mesura volvería a su casa.

viernes, 16 de octubre de 2009

Ojos verdes, tristes

- ¿Y qué podría haberte visto el viejo a ti?
- No sé… -Viviana ha pasado largo tiempo mirando por la ventana, recordando la mirada triste, las manos cálidas de Don Alejandro, el viejo del que habla el sargento. Lentamente, sin levantar la vista del suelo, vuelve a la silla de madera que le espera frente al escritorio donde rinde su manifestación. -Creo que yo le gustaba porque le escuchaba sus cosas. No sé.
- ¿Me vas a decir que el viejo, uno de los hombres más ricos del país se acompañaba contigo, una limosnera, porque tú lo escuchabas?
- Yo no era limosnera, señor… sargento. Yo no pedía con mi sobrina, yo sólo esperaba…
- Claro, ya te recuerdo… Sin la mugre, los trapos, no te ves tan mal, ¿sabes?… Recuerdo que usabas una niña a la que te sacabas una teta y se la enchufabas para ponerte a estirar luego la mano en la calle ¿no? Llevabas un sombrerito, recuerdo; por eso nunca te vi bien a la cara. Bueno, si eso no es limosnear, cholita, dime qué es.
- Yo esperaba a que me dieran, nunca pedí; los limosneros piden, ruegan -la muchacha habla con calma, su voz es algo ronca, apagada. -Así conocí a Don Alejandro, “el viejo” que dice usted -ensayando un reproche, posa una mirada de púas sobre la del policía, este piensa extrañado que ella, a diferencia de los demás pordioseros que suelen caer por la comisaría, no muestra miedo alguno.
- Cuéntame…
- Yo esperada en la vereda que él cruzaba todas las mañanas, con mi sobrina, como usted sabe.
- Claro, y él se quedó prendado de tu belleza ¿verdad?, ¡de tu sombrerito!, ja ja ja… -el sargento suele burlarse de las mujeres, de todas, y eso le ha traído memorable choques contra su mujer, sus hermanas, su madre, su suegra; choques que él siempre ha disfrutado convencido de la superioridad del ingenio masculino. -Me vas a decir que el viejo te veía al pasar ¡y se enamoró de ti! Ja ja… -la risa del policía no hiere a Viviana, ella no puede, no quiere dejar de pensar en Don Alejandro, y eso, además de llenarla de una lenta pena, la hace inmune a la ira. Con el mismo tono, prosigue:
- Él, siempre, desde el primer día que yo me senté ahí con mi sobrina, me dejó unas monedas. Yo sólo lo escuchaba pasar y veía sus zapatos bien lustrados, y los de su guardaespaldas. Un día, se paró y sentí que me quedaba mirando, y tuve vergüenza…
- ¡Vergüenza! ¿Vergüenza por ser tan joven y estar ahí sentada pidiendo limosna en vez de ir a lavar ropa o barrer para ganarte unos cobres?
- No, vergüenza por mi sobrina, que no era mi hija, y que seguramente él pensaría que era. ¿Me deja seguir? -endureciendo un poco la voz, Viviana frena la siguiente burla del sargento mientras este sigue sorprendido de que ella, lejos de los demás mendigos que por ahí recalan metidos siempre en sospechas de robo, se rebela y reclama. -Entonces, por primera vez, levanté la mirada y pude ver su cara, su sonrisa, sus ojos verdes, tristes; y también sonreí. Don Alejandro dejó unas monedas y siguió caminando. Me di cuenta entonces que mi sobrina no me estaba chupando, y pensé que tal vez a él eso le había gustado… verme. Al día siguiente, cuando volvió a pasar, aparté a mi sobrina a propósito. Don Alejandro volvió a quedarse viéndome, yo volví a mirarlo…
- Con una teta al aire, claro -el sargento levanta en una mano el contenido del bolsillo derecho de su camisa, sobre el que se alinean tres lapiceros, y lo sacude subrayando así su sarcasmo. Viviana sigue, impávida:
- Entonces dejó un billete…
- O sea que…
- ¿Me deja seguir? -la gravedad de su voz se solidifica de pronto en el aire y cae con un estruendo mudo de impaciencia sobre el escritorio del policía. Este, convencido de que la joven no podrá jamás encajar en el casillero de los demás vagos, empieza a comprender que Don Alejandro haya encontrado no sólo algún encanto en ella si no el mejor remedio a su dorada soledad; en la calle, la muchacha era un desperdicio como muchas. Es lista y a diferencia de los demás, conserva la tranquilidad que sólo otorgan la sencilla inocencia o el más avezado cinismo, piensa con una inexplicable satisfacción. -No sé por qué, ni quiero pensarlo, pero en adelante él empezó a dejarme billetes, y yo a mirarlo a los ojos y sonreírle, y a decirle “gracias, Don Alejandro” con respeto, pues una vez escuché a su chaleco llamarlo por su nombre: Don Alejandro. Un día no llevé a mi sobrina…
- ¡O sea que se acabaron las tetas! -ya había sido bastante lo que el viejo sargento se había aguantado de comentar.
- Claro, sin mi sobrina ¡no tenía ya nada que enseñarle! -de repente, un silencio, que el policía curiosamente respeta, revela a sus oídos el lejano alarido de un camión de bomberos, el vocear de un vendedor de naranjas, el tránsito espeso que bajo la resolana que lame la tarde, repta sobre la gran avenida. Viviana suspira, levanta la mirada y continúa: -Aquel día Don Alejandro dejó caer una nota en mi canastita. Usted ya sabe el resto…
- ¡No! ¡No sé nada! Sigue…
- Claro, ya sabe que me llevaba a su casa en la playa, y que anoche tuve que llamar a una ambulancia porque se puso mal. Y de los hijos también sabe ¿no? No me haga hablar más si no es necesario, por favor.
- O sea que de las tetas, el viejo te cargó a su casa, ¡qué pendejo!
- Se equivoca: él me escribió sin saber que aquella mañana yo no llevaría a mi sobrina, que ya no le enseñaría nada...
- ¡Pero ni que tuvieras un par de maravillas ahí! -el policía aguijonea la rebeldía de Viviana, quiere escucharla reclamando, le gusta su actitud, su calmada firmeza. Vuelve a equivocarse, ella contesta tranquilamente:
- Sí, pues… no tengo tanto, pero a él eso no le importaba. Todo estaba bien, yo no conocía la vida que el empezó a darme, me hacía sentir bien, pasamos buenos momentos, me compró cosas, me puso a estudiar. Me quiere, creo. Yo pensaba que con la mujer tantos años en Canadá, los hijos ya mayores, él sólo quería alguien que lo acompañara, que lo escuchara. Y ahí me encontró… Y así han pasado ya siete meses.
- Y ahora… -el sargento se ha rendido ante el duende y la noble transparencia que la muchacha ha derrochado en su breve testimonio, la admira y se siente francamente ansioso por el rumbo que los hechos han tomado desde que anoche una ambulancia la trajo desde la casa de playa, aferrada a la mano de Don Alejandro, vigilando ansiosa el ritmo de su respiración.
- Ahora los hijos quieren hablarme. Son amables, esta mañana me han agradecido, pero nunca aceptarán que su padre me deje lo que dicen que me ha querido dejar en su testamento. Yo sólo espero que sane y que, si quiere vuelva a la misma vida que tenía hace siete meses, antes de conocerme. Seré feliz si él vuelve a hacer la vida de antes, sano, con esa alegría que tiene y su generosidad con todos. Cuando sepa que está bien, regresaré a mi tierra. Además, no me iré sola -haciéndose hacia atrás en la silla, se palmea suavemente el vientre: -nuestro hijo, que seguramente tendrá los ojos verdes y tristes, viene aquí. Pero eso, ojo -en la mirada que levanta sin levantar mucho la cabeza, herencia de sus días sentada en las veredas tras una canastita de monedas, relumbra la certeza de que el viejo sargento no traicionará su confesión: -nadie más que usted y yo puede saberlo…