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viernes, 22 de enero de 2010

Noticias

- Pero ella es casada…
- ¡Sabía que me dirías eso, hermano!… Pero no sabes lo que es: es exce-len-te. Además el esposo nunca está…
- ¿Están separados?
- No, no. Él es ingeniero, trabaja en la selva, y para mí que allá debe tener una mujer…
- Eso no tiene nada que ver. ¿Él viene a verla?
- Cada 21 días, trabaja para una firma petrolera.
- Entonces, cuando viene, tú desapareces, le dejas la cama una semana…
- No, no es así, ella me ha dicho que ya no tienen nada, o sea que ya no se acuestan…
- Y tú le creíste…
- Eso se puede ver; una mujer no puede evitar que se le note cuando le hace falta un hombre. Además llevan siete años casados y no han tenido hijos, ¿eso qué te dice?
- Mmm… una mujer no puede evitar que se le note cuando le hace falta otro hombre, hermano, no un hombre. Así hay mujeres, a las que no les basta tener un hombre que las haga felices, que quieren probar con otro, y que para ello, obviamente no tienen muchos principios. Como así también hay hombres, por si acaso… Quizá por eso ella no ha querido verse en el compromiso de tener hijos todavía.
- O simplemente no han hecho lo necesario para que ella quede encinta -en el silencio de la habitación el aire se torna denso, se instala la incomodidad. Luego de un suspiro, el hermano menor, con el mismo tono suave, confidente, continúa:
- Para mí que ella no es feliz, y que por eso prefiere lo que ahora tenemos, aunque sabe bien que no es un compromiso…
- ¿Eso le has dicho tú, o ella te lo ha dicho a ti?
- Claro, nos hemos puesto de acuerdo, ella dice que no quiere enamorarse, y a mí me parece bien. Yo tampoco quiero sentirme atado…
- No has tenido opción, hermano, tenía que parecerte bien; si ella te dice que no quiere nada formal, no tienes más alternativa que aceptarlo, ¿verdad?

- Así fue, más o menos, nuestra última conversación, doctor. Mi hermano no tenía idea del rumbo que llevaba esa relación. Y terminó en las portadas de los diarios, muerto; fue noticia. El marido de aquella mujer no era ingeniero ni trabajaba en algo relacionado con la explotación del petróleo: era un militar retirado que se hacía de algunos recursos dando seguridad a funcionarios de empresas petroleras. Un tipo violento, que al saber de la relación que su mujer tenía con mi hermano, no pensó más que en matarlo, lo buscó y le puso tres balas adentro. Ahora, la mujer me ha llamado, dice que sólo quiere que no pensemos mal de ella, que ella quería a mi hermano, pide que la perdonemos por haberle confesado a su marido aquella inconveniente relación, que lo siente…- el hombre se cubre los ojos con una mano, suspira ruidosamente, se inclina, se enrolla sobre sí. Cuando levanta la cabeza, en sus ojos llorosos vibran el dolor y la rabia; lentamente, sin pronunciar palabra, invade el rectángulo del escritorio del doctor Jiménez con el torso, se adelanta hacia él y susurra: -La muy puta me ha invitado a visitarla, ¿no ve que mi hermano está muerto y su marido está en la cárcel por matarlo?...
-¿Y usted qué piensa hacer? –la parsimonia con la que el psiquiatra se expresa, vuelve a sorprenderlo. En la media hora que llevan conversando no ha podido percibir de él un gesto de rechazo para aquella mujer por la que su hermano menor lleva una semana enterrado; la distancia que el médico guarda con él a pesar del dolor que le ha expresado, lo decepciona. Con amargura, y el mismo tono arrastrado y grave contesta:
- No sé, esperaba que usted me dijera…
- Déjeme decirle, señor Méndez, que yo no voy a dirigirlo en lo que usted va a hacer o va a dejar de hacer. Lo único que puedo hacer es apoyarlo para que sobrepase saludablemente esta etapa dolorosa que ahora lo confunde y abruma. El duelo por la pérdida de su hermano es una pesada carga de la que, aunque le cueste creerlo ahora, poco a poco va a ir sacudiéndose. Los detalles de su trágica muerte, el hecho de que la relación que él tenía con una mujer la haya causado, y que esta mujer tome contacto ahora con usted, son irrelevantes.
- ¿Irrelevantes? –el hombre mira con extrañeza al doctor Jiménez, sacude la cabeza en un rápido “no” y hace un gesto de incredulidad, una sonrisa de amargura hecha sólo con la boca. -¡Esa mujer, por la que mi hermano está muerto, me ha llamado!, ¡quiere reunirse conmigo! Eso no es irrelevante, doctor.
- ¿Acaso usted quiere reunirse con ella?, ¿quiere relacionarse con ella?, ¿escucharle las disculpas que ya le adelantó por teléfono?– El médico no deja que el silencio crezca, y al punto contesta sus propias preguntas-: No, usted no quiere eso. Pero seguramente sí quisiera tener la oportunidad de reprocharle la muerte de su hermano, hacerle sentir la culpa enorme que tiene, su falta de escrúpulos, su inmoralidad, tal vez insultarla, gritarle...
- Sí, creo que eso es lo que quisiera hacer con ella…
- Y seguramente hasta podría violentarse con ella, pegarle…
- Seguramente… -se trata de un tipo muy alto, que fácilmente sobrepasa el metro noventa, de contextura delgada, que de hecho ha sido un dedicado deportista; el ancho de sus espaldas delata que puede haber practicado natación o atletismo. Viste un terno de color gris oscuro de hechura a la medida, y el resto de su tenida delata un estilo mesurado, sin pretensiones. –No, no creo, soy una persona sumamente pacífica, soy controlado…
- Le recomiendo algo que más que una indicación profesional, es sólo un poco de sentido común.
- Diga usted…
- Espere. Sólo espere un poco más, tómese un tiempo hasta que se sienta mejor. Aunque ahora le parezca imposible por el dolor de haber perdido a su hermano, a la larga usted va a estar mejor; la mente humana tiene recursos de “reparación” para las heridas que la vida nos suele hacer, heridas a las que nadie es inmune. Estos recursos son más eficaces y poderosos en unos que en otros, y yo veo que usted tiene buenas posibilidades de salir adelante. Si usted se apresura en tomar contacto con la señora, podría contaminar el proceso de reparación que su mente ha iniciado, y que me parece que va por buen camino. Por eso, creo que sería conveniente que usted se tome todavía un tiempo antes de cualquier decisión al respecto. Los especialistas recomiendan, cuando el paciente ha sufrido una pérdida, ya sea por la muerte o la separación, que no tome decisión alguna relacionada con ese hecho antes de los seis meses, dependiendo, claro, de la fortaleza emocional de cada uno.
- Gracias, doctor.

- Aquel fue el mejor consejo que pude haber recibido. Y se lo agradezco, doctor. Aunque mi ánimo no es de venganza, y que no debo sentirme bien por algo como lo que le ha sucedido a aquella mujer, ahora me siento un poco más tranquilo, como si creyera que mi hermano, donde esté, ahora está mejor –el doctor Jiménez, no sonríe; con la misma actitud neutral, aparentemente fría, observa al hombre con el mismo detenimiento de la primera vez; le llaman la atención sus gestos lentos, medidos. -Cuando, luego de unos días de espera, y de haber recibido algunas llamadas más de la referida señora, me decidí a encontrarme con ella, la encontré primero en las noticias: en el transcurso de la visita semanal, el esposo la había acuchillado gravemente en el mismo penal. Nada pudieron hacer para salvarla.

viernes, 23 de octubre de 2009

Te pisas

-Yo no la amaba, doctor -evidentemente ansioso, el paciente se toma las manos mientras habla con prisa; de cuando en cuando, buscando acentuar algunos pasajes de su relato, alza la voz. -Pero un día, en verdad venciendo una gran resistencia, me atreví a corregirle una de las muchas frases erradas, torcidas, con las que solía hablar. Claro, usted dirá qué me importaba la forma en que ella hablara si yo no la quería ni tenía pensado quedarme con ella, ¿verdad? Bueno, yo también me he preguntado lo mismo, y creo que era por vanidad, doctor, por hacerle notar que yo sabía cómo se hablaba correctamente, ¿entiende? -El psiquiatra, rompiendo suavemente la gravedad de su gesto con una suave, beatífica sonrisa sólo asiente lentamente con la cabeza, seguro de que esa es la señal que al paciente le basta para proseguir. -En aquella oportunidad, recuerdo que ella había dicho Cuidado que te pisas mientras caminábamos por el mercado y topamos con lo que mi tía Isabelita hubiera llamado "la gracia de un perrito" en el medio de la vereda, es decir la vulgar deposición del que evidentemente no había sido un perrito sino un can de buen tamaño y mejor apetito. Pero, bueno, la tía Isabelita amaba a los perros tanto como odiaba sin tregua a su marido, el difunto tío Ernesto, y tenía cuatro fox-terrier que se pasaban la vida brincando y ladrando por toda su gran casa. Entonces, con lo que yo creí el tacto adecuado, aquella mañana me animé a soltar a media voz la siguiente observación: No se dice "cuidado que te pisas", sólo "cuidado que pisas…". ¡Aquello fue suficiente, doctor!: contra lo que yo esperaba, ella no se sintió invadida ni se ofendió sino, por el contrario, ¡me agradeció! y, a partir de entonces pareció quedar prendada de mi culto léxico y mi sabiduría…
-¿Y eso a usted qué le pareció? -el doctor Jiménez se inclina sobre su escritorio y habla muy bajo y despacio, como queriendo contagiar al paciente alguna calma.
-¡Macanudo, doctor! ¡Macanudo!
Según la Historia Clínica, el paciente tiene veintinueve años, es ingeniero civil, soltero, y acusa un desorden maniaco-depresivo que al parecer ha sido agravado recientemente por la ingesta regular de alcohol y el abandono de la medicina que se le ha recetado en consultas anteriores. Esta es la primera vez que el doctor Jiménez lo entrevista. Según la madre del paciente, este se ha querido suicidar un par de veces pues no tiene suerte en el amor, siempre se fija en muchachas muy jóvenes que lo terminan engañando para aprovecharse de él y sacarle dinero, y eso también lo ha llevado a abusar del alcohol. Además, como una desventaja, pienso yo, el paciente corresponde con la etiqueta de “hijo único de madre viuda”. El padre se suicidó cuando él tenía siete años. Interrumpiendo con una seña el apurado recuento que hace de su más reciente relación de pareja, el doctor Jiménez le cuestiona:
-Dígame, señor Silva, ¿desde cuándo no toma la medicina que aquí le recetaron? -el paciente aprieta la mirada girándola hacia la derecha. “Hace memoria” pienso, recordando que la acción del hemisferio izquierdo del cerebro, que gobierna el lado derecho del cuerpo, está basada en la lógica, la racionalidad. Si hubiera orientado la mirada hacia la izquierda, hubiera estado haciendo uso de la capacidad imaginativa del hemisferio derecho, tratando posiblemente de inventar un argumento, una mentira.
-Desde esta mañana, doctor -responde cándidamente el señor Silva ampliando la sonrisa del médico.
-Quiero decir desde cuándo, antes de que fuera internado aquí, usted no tomaba la medicina. ¿Me entiende?
-¡Ah, sí! Claro… Antes de llegar aquí yo me pasé un par de semanas sin tomar las pastillas. ¿Me permite continuar, doctor? -el paciente viste un buzo deportivo de color azul marino, viene calzado con zapatillas de tenis, y no lleva medias. Parece haber tenido una mala noche, sus ojos, achinados por el sueño lucen el marco azulado de suaves ojeras. Una multitud de pequeñas y profundas cicatrices en la piel de sus mejillas, revela la absoluta complejidad de una pubertad marcada por el acné, y el rechazo real o fantaseado con el que este mal cutáneo lo afectó. Habla casi sin pausa, escogiendo diestramente las palabras, haciendo gala de un lenguaje correcto y variado. -Como le decía, aquello fue macanudo, doctor. Me invadió entonces la fascinación, doctor; me sentí realmente, como se dice, "en la nubes". Y fíjese que en aquel momento recordé un cuento de Bryce en el que el protagonista redondeaba una humillante felicidad casándose con una mujer de la que se había sentido atraído luego de escucharla ¡precisamente hablar mal, doctor! No, no vaya a creer que yo me quería casar, ¡de ninguna manera! Bueno, le sigo contando: en aquella semana, siguiendo con la pedagogía narcisista esa que tan bien me caía, le corregí estábanos, diabetis, nadies, íbanos, frezada, haiga, análesis y el infame verbo aperturar -el paciente ha enumerado los barbarismos con un tono de innegable intolerancia, estirando exageradamente hacia abajo el labio inferior en un gesto de extremo desprecio, casi de asco. -Luego, cuando llegamos a la cama, porque llegamos al comercio carnal, doctor, no voy a negarlo, recordando a Bryce, dejé las correcciones pues podía resultar que siguiendo la lógica del cuento me terminara casando y siendo tan infeliz como el personaje principal, y lo que yo deseaba entonces sólo era conservar las tardes de domingo que pasaba con ella en una habitación de hostal gozando de su bien formado cuerpo, ¡porque vaya que estaba rica, doctor!, mientras se estremecía bajo mi juvenil potencia y las muchas especies que inventábamos mezclando su inexperiencia con el espacio que en mí había dejado algunos años atrás la fuga irremediable del pudor. -En este punto, el doctor Jiménez no puede evitar reír de buena gana por el curioso estilo del relato y la vanidosa exposición que de su experiencia hace el paciente. En verdad, creo que por distintas razones, los tres soltamos al aire del consultorio el vuelo de nuestras risas; a mí me divierte cruelmente pensar en lo triste que resulta una pobre muchacha hipnotizada por el efecto que sobre su ignorancia tiene la aparente sabiduría de su pareja. El paciente no se toma mucho tiempo, nos mira sin estar seguro de la gracia que nos ha causado, y sigue sin interrumpirse: -Sin embargo, curiosamente, a despecho de mi voluntad de dejar de corregirla, en aquellos días desarrollé una original perversión. Le cuento: en los momentos de pasión que perpetrábamos en el cuartucho aquel de papel tapiz floreado, que era lindo, con una gran ventana, ¡me excitaba escucharla en el habla bárbaro que solía usar antes de que yo la corrigiera, doctor! Nuestras sesiones amorosas pasaron entonces a ser decoradas por declamaciones suyas, a veces a grito pelado, doctor, en aquella chueca lengua que yo describía despectivamente como "parecida al castellano". La recuerdo susurrándome al oído, o lanzando al techo con furor, frases que yo mismo le pedía que inventara ¡usando aquellas palabras que yo antes repudiara, doctor! Escucharla repetir arrebatadamente, por ejemplo, "¡Yo no quería que nadies nos viera mientras estábanos tirando...!, ¡nadies!, ¡nadies!" o "¡Qué bueno que no tienes diabetis porque a los que tienen diabetis siempre están haciéndole análesis, y a veces no se les endura la pieza...!, ¡Y siempre les hacen análesis!, ¡análesis!", y “¡Hay que sacar esta frezada porque hace calor!”, o simplemente “¡Anoche quería que me apertures las piernas, mi amor!”, ¡me resultaba delicioso, doctor!

Recuperados de las carcajadas que el buen ingeniero Silva había provocado con aquel curioso detalle de sus encuentros amorosos, el doctor Jiménez y yo intentamos leer entre las líneas de su relato, convencidos además que la medicación que recibía debía ser revisada. La fase maníaca de su cuadro no remitía con facilidad y la medicina que entonces se administraba para los casos como el suyo, luego de tres días de internamiento no había logrado equilibrar aún sus afectos. Según el doctor Jiménez, el médico tratante probablemente estaba optando por aquella soportable euforia antes de provocar que los tranquilizantes lo sumieran en un episodio depresivo que pudiera inspirarle ideas autodestructivas. Actualmente, los trastornos bipolares, que antes se llamaran “psicosis maniaco-depresiva” son tratados con terapias combinadas que con medicinas más certeras y con menos efectos colaterales, estabilizan al paciente y logran tanto que se pueda integrar socialmente como que se comprometa con mantener el tratamiento.

-Luego, con el tiempo, que siempre vuelve obsoleto aquello de lo que se abusa, y hace aburrido lo que por nuevo era fascinante, hube de inventar otros ardides para mantener el interés, doctor; las frases chuecas se gastaban, la repetición las condenaba a la hoguera. Entonces cambiamos torcido por sucio. ¡Y resultó fascinante! Empezamos ensayando el uso de las palabras más vulgares, aquellas que normalmente sólo usaba en tertulias de cantina, entre varones, amigos de mucha confianza, y que, como en todas las lenguas “civilizadas” sirven para designar el acto y los órganos sexuales… -antes de que el paciente empezara a enumerar sus logros lingüísticos en esta nueva área, el doctor Jiménez, muy claro sobre lo que pasaba con el joven ingeniero, y retomando la responsabilidad de darle premura al tratamiento, lo interrumpió:
-Lamento que no podamos seguir conversando, señor Silva, pero creo que es el momento de que usted vuelva a su habitación, tome su medicación y repose un rato. Mañana seguiremos charlando, ¿le parece?
-¡Claro, doctor! Mañana le sigo contando -respondió Silva poniéndose de pie como accionado por un resorte y ganando la salida del consultorio a grandes trancos. Luego de una semana, manejándose ya con una discreta mesura volvería a su casa.

viernes, 18 de septiembre de 2009

El Niño Soñado

-Sueño que me encuentro en un parque, un parque lindo, bien cuidado, con grandes espacios muy verdes, muchas flores, puedo ver pajaritos que vuelan entre los árboles, mariposas; es una escena llena de lindos colores, doctor. En ese paraíso, de pronto escucho a mi espalda la voz de un niñito que me llama: “¡Abuelita!, ¡abuelita!”. Cuando volteo, me sorprende un niño muy pequeño, que parece tener sólo dos años o menos, y que viene corriendo hacia mí; yo sé que ese niño es mi nieto, y me alegro de verlo venir a mí con los bracitos abiertos y una gran sonrisa. Es un momento feliz, ¡siento que quiero tanto a ese pequeño…! ¡Pero de pronto sucede algo increíble, algo espantoso, doctor!...-, la mujer, sin dejar de mirar al doctor Jiménez rompe a llorar presa de un repentino dolor, visiblemente conmocionada se toma las manos con angustia y sigue: -¡Es terrible lo que pasa entonces, doctor! De pronto, la tierra se abre entre el niño y yo, una enorme grieta se abre como una gran boca, ¡y mi nieto se cae en ella! Yo, desesperada grito, quiero lanzarme tras de él, me aloco…-, el llanto irrumpe, la señora llena el cuenco de sus manos con su cara y llora sentidamente por un rato, el doctor Jiménez la mira detenidamente; el silencio del consultorio sólo es mellado por el rítmico golpeteo de una persiana que la brisa mece contra el marco de las ventanas. Cuando la mujer descubre su rostro, y se dispone a rebuscar en su bolso, el médico la espera extendiéndole un oportuno pañuelo de papel y una suave, casi imperceptible sonrisa de comprensión. El doctor Jiménez, psiquiatra enriquecido por el estudio del psicoanálisis y las teorías freudianas sobre el inconsciente, solía entrenar mi formación en psicología clínica con la invalorable oportunidad de compartir como “convidado de piedra” las consultas que concedía llenando las tardes de un descuidado hospital del estado. En los larguísimos minutos que se tomó la paciente para alcanzar la tranquilidad que el recuerdo de aquella pesadilla le había arranchado malamente, el doctor Jiménez no pronunció palabra alguna. Luego de un par de suspiros, y de usar algunos pañuelos más, la mujer volvió a hablar:
- Es terrible, doctor. Cuando me pongo a pensar que se trata sólo de un sueño, me parece ridículo sentirme tan afectada, y siempre terminar llorando de esta manera. Es que… ver a ese niñito caer de pronto en aquel abismo oscuro es desesperante, es terrible…
- ¿Usted tiene una hija?- el doctor Jiménez me sorprende; de corriente ofrecemos al paciente la oportunidad de dar luces para interpretar su propio sueño tratando de establecer alguna conexión de este con un aspecto de la realidad, y no preguntamos por miembro alguno de su familia si el paciente no lo menciona. La mujer, sin embargo, no parece sorprendida; responde con tranquilidad:
- Sí, doctor.
- ¿Y es vuestra relación buena, muy cercana?
- Muy cercana, doctor. Desde que su hermano mayor viajó a estudiar a los Estados Unidos hace cuatro años, somos como hermanas- una breve risa ilumina y distiende su rostro inflamado por el llanto; se trata de una señora joven, que no llega a los cincuenta años y que conserva la ventaja, seguramente heredada, de un rostro de rasgos infantiles, delicados, y cubierto por una piel que el tiempo se ha tomado la licencia de no empezar aún a estrujar. -Mi esposo dice que hasta nos comunicamos sin hablar, que sabemos lo que la otra está pensando…
- ¿Está ella encinta?- el doctor Jiménez vuelve a sorprenderme pero, al parecer el único sorprendido sigo siendo yo; la paciente responde luego de un corto silencio en que el compás de las persianas contra el marco de la ventana ha reaparecido:
- Creo que no, doctor… no sé… Y creo que si así fuera, yo lo sabría.
- ¿Para usted su hija es una chica ejemplar?
- Bueno, doctor. Yo sinceramente quería que me ayude con este asunto de la pesadilla que tanto me angustia, pero veo que usted, con todo respeto, no está tratando el tema. Pero, bueno, por otra parte creo que debe saber lo que está haciendo…-, el doctor Jiménez no se ha inmutado, la sigue mirando con la misma leve sonrisa, esperando su respuesta. -No exagero si le digo que creo que mi hija es la mejor hija que una madre puede tener; a sus veinte años es una de las mejores estudiantes de su clase en la universidad como lo fue durante la época de colegio; nunca nos ha traído problemas, es muy tranquila, inteligente y buena. Es la mejor, mi hijita. ¿Puede decirme qué tiene ella que ver con mi problema?
- Creo que usted lo sabe, señora.
- No, no lo sé, doctor- la mujer parece estar perdiendo rápidamente la paciencia; la insinuación que el doctor Jiménez ha dejado flotando en el aire acerca de un posible embarazo de su hija, a pesar de no sorprenderla, ahora parece haberla ofendido.
- Bueno, claro, creo que no me he sabido expresar; usted, conscientemente no “sabe” realmente lo que ocurre- al decir “sabe”, el médico ha rascado el aire con dos dedos de cada mano, -pero ese conocimiento está dentro de usted. Me explico: a usted le pasa algo que la angustia y que se manifiesta en el terrible sueño que me ha contado y que se repite desde hace unos días; y no sabe, o cree no saber qué es lo que le pasa para tener esas pesadillas tan claras como terribles. Yo creo, modestamente que una parte de usted realmente sabe lo que ocurre, exactamente todo lo que ocurre, y que esa parte le está diciendo en sueños, lo que pasa.
- Pero…- el medico hace una seña con la mano pidiendo que le permita seguir.
- Pero hay otra parte de usted que no puede aceptar la información que le llega; esa parte elabora el sueño, encubre la información y proyecta la pesadilla cada noche; es decir le dice lo que usted no quisiera admitir, pero de manera velada, disfrazada. Disculpe que no sea más explícito pero en la búsqueda de la verdad está buena parte de la resolución de su problema-. Aunque parecía ansiosa por hablar, la mujer no dice nada por un largo rato, se mira las manos, juega con una sortija; la persiana y su vaivén vuelven a romper el silencio en el pequeño consultorio. Luego de una profunda inspiración, ella ajusta la mirada sobre el doctor Jiménez y le pregunta seriamente:
-¿Me está diciendo usted que yo sueño así porque mi hija está encinta y no me lo ha dicho?, ¿que aquel niño es mi nieto?- por el tono que le da a sus preguntas, es claro que no espera una respuesta sino ir aclarando los hallazgos de su propia reflexión, habla como si quisiera exponer sus ideas y someterlas al juicio del médico, -¿y que ese niño, digamos, está en peligro?-. El silencio vuelve a tomar el consultorio; la mujer se remueve en el asiento, preocupada, suspira. Lentamente, se pone de pie, y con un tono muy bajo, casi en un susurro pregunta: -¿Qué me recomienda que haga, doctor?, ¿no me va a recetar algo para dormir bien?
- Creo que en estos minutos de silencio usted ha hecho un gran trabajo interior. Sólo puedo recomendarle que hable con su hija, que rescate el buen nivel de comunicación que tienen y lo use para transmitirle que sobre todas las cosas usted la quiere, y que si alguna vez ella se equivoca, usted seguirá queriéndola igual. Eso le dará algunas respuestas. ¿No le ha contado a ella sobre sus sueños?
- No, no se lo he contado a nadie… Hasta ahora.

Al vernos llegar, las dos mujeres se pusieron de pie sonriendo, en el borde de sus ojos la emoción se embalsaba, reflejaba las luces de la sala de espera. El doctor Jiménez las saludó preguntándoles tranquilamente “¿Cómo les va?” y les señaló la entrada del consultorio, ellas se miraron sin dejar de sonreír, ansiosas, la madre retrocedió para extenderme amablemente la mano mientras su hija ingresaba. En efecto, como el doctor Jiménez había revelado, un niño estaba en camino. Sin embargo, el drama residía en el dolor que sentía la hija por haber defraudado a su madre con este sorpresivo embarazo, y la tentación de abortar que, desde que una amiga se lo recomendara, reptaba en su alma tratando de cuestionar las convicciones que sobre el respeto a la vida sus padres habían sembrado en ella. Aunque escucharon atentamente la explicación que el doctor les diera sobre la lectura que inconcientemente la madre hacía de la angustia mal escondida de su hija, provocada sobre la posibilidad de abortar más que sobre la de estar encinta, y los sueños que esa lectura generaba, no cesaron de repetir su convencimiento de que el niño que latía en el vientre de la hija, al sentirse en peligro de morir, en sueños había pedido auxilio a su abuela. Al despedirse, mientras abrazaban al doctor Jiménez, madre e hija se turnaban para reír y llorar.

viernes, 27 de marzo de 2009

El Dr. Jiménez


Aquella tarde el Doctor Jiménez atendía a los angustiados padres de una niña de 9 años que los atormentaba con sus manipulaciones, caprichos, y reacciones alteradas. Los padres eran personas jóvenes y saludables; la historia familiar no mostraba antecedente alguno de enfermedad mental, y, según los informes, la niña había tenido un desarrollo psicomotor normal.

El Doctor Jiménez nos regalaba la inusual oportunidad de asistir a algunas de las consultas que como terapeuta infantil atendía en el viejo hospital. Seguramente por haber seguido estudios de psicología, a despecho de su formación como psiquiatra él solía buscar un tratamiento conductual antes que farmacológico para sus casos. Admitía, sin embargo que para algunos niños el control sólo era posible por medios químicos.

-Tengo que explicarles que, según las pruebas que se le han aplicado a su hijita, ella no sufre enfermedad mental alguna. Esta es una buena noticia para ustedes pues su tratamiento será ahora mucho más barato aunque les demandará una participación más directa y comprometida. Esta tarde, además vamos a ver qué pasa con ella, para que ustedes puedan ayudarle y ayudarse -en este punto de la consulta, el Doctor Jiménez ya había logrado la mayor atención de la pareja; una muda ansiedad los mantenía en el filo de sus sillas. Habiendo extendido ya la atmósfera de expectativa que requería, el médico cerró la carpeta que tenía sobre el escritorio, y prosiguió, posando alternadamente la mirada en los padres:

- Los padres solemos darle poder a nuestros hijos como expresión de nuestra voluntad de que con el tiempo y el buen ejercicio de ese poder, logren ser personas responsables y seguras. Por la experiencia que tengo en el tratamiento de niños y adolescentes, y por mi propia experiencia personal, estoy convencido de que en la mayoría de los casos, darles ese poder equivale a poner en sus manos un palo con el que tal vez al principio el niño no sepa qué hacer, pero que pronto aprenderá a usar para romperles la cabeza o reventarles alguna otra parte de vuestra anatomía cada vez que pueda –obviamente, frases como esas despertaban extrañeza y risas nerviosas en la audiencia. –Y la forma más común de darle poder a nuestros hijos –prosiguió claramente el Doctor -es haciéndonos dependientes de alguna decisión suya.

Quiero, con estas líneas, reconocer la influencia que el doctor Jiménez tuvo en mi formación, y la solidaridad que demostró al aconsejarme alguna vez que sobre cualquier técnica, el afecto y el sentido común marcan la trascendencia que pueda tener la crianza en nuestros hijos.

- Hace unos años, recuerdo, el mayor de mis hijos –el Doctor Jiménez solía poner como ejemplo a su propia familia-, que entonces tenía 10 u 11 años, optó por sabotear el desayuno para, de esa manera probar la medida de su fuerza sobre la familia, y seguramente afirmar su personalidad resolviendo de paso las pequeñas frustraciones que fuera de casa, es decir en el colegio o en el club deportivo, podía tener. Caía entonces en lo que parecía un estado de meditación profunda en el cual se preguntaba seguramente cuál había sido el misterioso proceso por el cual la papaya o las naranjas se habían hecho jugo, o cómo Mozart había sido tan genial para componer a los 7 años la música que de corriente decoraba nuestras mañanas –una mesurada risa corroboraba el estado de confianza en el que los antes atribulados padres iban cediendo. -Entonces, el angelito nos inflamaba las glándulas probando sólo pizcas de jugo, pan, café con leche, avena, o lo que tuviera al frente, sin animarse a realmente empezar con el primer alimento del día. Claro, mi esposa y yo caíamos en su juego y empezábamos una impaciente letanía de ruegos para apurarlo y poder salir a tiempo hacia el colegio junto con su hermano menor: ¡Empieza!, ¡Apúrate!, ¡Que ya es la hora!, ¡Toma!, ¡Come!, ¡Vamos! Como es comprensible, al final nos enojábamos todos, nos gritábamos y, lo peor, salíamos a la carrera y resentidos hacia el colegio. Hasta que un día, anteponiendo la racionalidad al reflejo natural del enojo, el reproche, o la llamada de atención, establecí un acuerdo con mi esposa y, con esa carta en la manga, lancé mi ofensiva: “Tómate el tiempo que quieras para tomar desayuno; si tu hermano y yo terminamos, nos vamos. Tu mamá te llevará más tarde, cuando tenga tiempo de hacerlo” le dije a mi primogénito. Punto. Claro, esa clase de propuesta, luego de haber sido tan exitoso jodiendo –llegado cierto punto de la consulta, el Doctor Jiménez empezaba a soltar alguna lisura-, no era creíble, especialmente cuando venía de su padre, habitualmente, como científico de la salud mental, un esforzado partidario de la paciencia, que rechazaba siempre la idea de recurrir al castigo como recurso. Durante todo el desayuno, en el que por supuesto implementó las mismas maniobras dilatorias que de corriente disparaban nuestra rogatina, me mordí la lengua y no le dije nada. Por fin, terminé, y con su hermano al borde del llanto, solidario él, me disparé a la calle, rumbo al colegio –una pausa preparó el desenlace de esta parte de la historia. Muy serio el Doctor Jiménez, siguió:

- A tres cuadras, nos dio alcance al borde de la nausea, media chompa al cuello, el cabello empapado y, por supuesto, presa de un enojo de marca mayor. Ensayó entonces una fórmula de chantaje argumentando entre jadeos que se sentía mal, que seguro iba a vomitar, que le dolía la cabeza, y otras quejas sin eco. Yo sabía que no moriría –con un suspiro, los padres sonrieron, pensando seguramente en las muchas veces que creyeron que su hija podía morir de berrinche. -Pero la solución no llegó tan fácilmente (con chicos de esa edad nada llega fácil, ténganlo por seguro); luego de un par de días de paz, mi pequeño sicario de la paciencia, olvidó el golpe y volvió a las andadas procediendo a ejercer el místico culto a los alimentos que lo transportaba a las profundidades del ancestral conocimiento de los cuáqueros que habían puesto una taza con avena caliente ante sus ojos. Sin miramientos ni frase alguna, volví a dejarlo en la mesa. Se repitió la escena, pero esta vez nos dio alcance a sólo una cuadra (obviamente ya sabía de lo que yo era capaz).

-¿Si me daba pena verlo así yendo contra sus naturales tendencias narcisistas y tragándose sus pendencias? ¡Por supuesto! ¡Pero no se merecía ser el pequeño monstruo que estábamos dejando crecer!, aquel que, sin corrección, se la pasaba de lo lindo apaleándonos con su arte para joder. Lo mejor fue corregirlo, quitarle el palo con el que nos reventaba la vida, quitarle el poder; demostrarle sin excesos que podemos manejar la situación poniendo un poco de racionalidad y quitándole tripas al evento, y que, vamos, no era una tragedia pero ¡vaya que nos amargaba las mañanas! –Entonces el Doctor Jiménez, recuerdo, volvió a abrir la carpeta de la paciente para corroborar su edad; la pareja de padres aprovechó para sonreírse y comunicarse sin palabras la satisfacción de sentirse en buenas manos. Jiménez prosiguió:

-Cuando una decisión de un hijo mayor de 7 años –que es cuando ya tienen bien clarito lo que está bien y lo que está mal-, nos pone en ascuas, nos perturba, hay que disponer todo de manera que esa decisión, de corriente contraria a nuestros intereses: no comer, no hacer la tarea, no levantarse, no hacer su cama, no ordenar su cuarto, perder el tiempo; pierda peso, poder –en este punto de la conversación, el médico hizo gala de sus dotes histriónicas trasladando a los padres a las situaciones que ellos tan bien conocían: ¿Que no comes? ¡No comas! ¿No ordenas tus cosas? ¡Déjalo todo así si quieres! ¿No te levantas? ¡Duerme pues! Pero, ojo, hijito, si necesitas que estemos detrás de ti como si tuvieras 5 años, y te estemos ordenando siempre cosas, y te ayudemos a levantarte y vestirte, y te esperemos que comas, u ordenes tus cosas, pues no mereces más de lo que un niño de 5 años puede tener, y así será. Y así debe ser, porque si titubeamos, volveremos a ser víctimas. Verán que el tiempo, si son firmes, hará su parte y les devolverá la armonía y le permitirá caminar a su hija hacia la madurez -Por primera vez, el Doctor Jiménez, sonreía abiertamente; una tranquila confianza parecía haberse instalado en la joven pareja. Luego de una pausa en la que intercambiamos algunas ideas sobre el caso, siguió:

- Recuerden siempre que la mayor parte de las veces, los chicos no se hacen de sus propias responsabilidades porque no los de-ja-mos; no creemos o no queremos su independencia, le tememos, tememos que se equivoquen y les duela. ¡Pero no hay otra forma de hacerlos libres!; la primera liberación que deben tener nuestros hijos es la de nosotros mismos aunque a veces, naturalmente, ellos y/o nosotros nos resistamos. Asumir responsabilidades depende de los chicos, pero sólo es posible cuando se las damos, ¡cuando les ofrecemos esas responsabilidades! Si asumimos aunque sea una parte de lo que ellos tienen que hacer, el compromiso de hacer algo por sí mismos no se concreta -culminó.

Aprendí mucho en aquellas tardes de consulta ambulatoria con el Doctor Jiménez en el viejo hospital.