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viernes, 4 de septiembre de 2009

Oficio de Mentir

Aunque parezca vanidad, a pedido de algunos fieles lectores, y ante la información de hace unas semanas sobre mi participación en un concurso de cuento, procedo a publicar el texto premiado: "Oficio de Mentir".


“Esta es una historia interesante”, la voz del profesor resuena entre las paredes del aula mientras los gratos sonidos que llegan de afuera, de los jardines soleados y llenos de las estudiantes de Educación con los rostros bronceados y las piernas desnudas por la moda de los pantalones cortos, se apagan hasta desaparecer. “Transcurre en dos pueblos de la selva amazónica: Canelado y Alambique. En cada uno de los cuales vive un par de gemelos, ¿verdad?”, insiste. Algunos asentimos con la cabeza de arriba a abajo y tratando de modelar un gesto grave, como si nuestro conocimiento de la historia fuera profundo. Yo, por supuesto, miento; no tengo idea de lo que trata “Doble o Nada” ni quién es Mariano Mariasi, su autor. Y miento porque creo que es un buen ejercicio narrativo, tal vez el mejor; si no pudiese inventar algo, por más sencillo que fuera, creíble, cierto en apariencia, no pensaría en dedicarme a escritor ni estaría estudiando para ello. Mientras el profesor gira lentamente, añadiendo con una mano en la barbilla un gesto teatral al paseo que da entre las carpetas, yo vuelvo a las chicas de afuera, tan lindas, tan gráciles con las hermosas piernas al sol y risas como cascabeles pequeñitos. Entonces, los gemelos Junio y Julio Cortez, los que se parecían entre sí no más que aquellos parientes olvidados y distantes que se encuentran siempre en los velorios y nunca en una ocasión feliz, aparecen frente a mí con sus rostros de lejana coincidencia, su increíble poder de comunicación telepática, y el deseo cegador de poseer a la misma mujer. Y se matan pronto: “Como todos sabemos, ambos mueren en los primeros capítulos, ¿verdad, Dimas?”. “Sí, señor, a machetazos” respondo de pura intuición, y agrego con divertida seguridad –como quien lanza un par de dados y pide un siete-: “En el segundo capítulo”. “Exactamente”. Sonrío por la burla y el acierto casual de la muerte de aquel par de muchachos que el autor pone tan pronto fuera de la historia. ¿Será todo tan fácil y previsible?, me pregunto. “Entonces la historia traslada su centro de tensión a las figuras misteriosas del otro par de gemelos, ¿los recuerdan?”. Yo sólo recuerdo el cabello liviano y rojo de Antonieta que ha de estar flotando infiel en la brisa de esta mañana mientras no puedo mirarlo y odio a “Doble o Nada” y a sus dos pares de gemelos de los que sólo queda uno: “Cuarto Creciente y Cuarto Menguante De Souza” responde una idiota de gafas que antes ha ganado un concurso de cuentos y nunca tendrá las piernas de Antonieta; y sigue, muy sabihonda ella: “Cuya madre adoptiva es Abnegada, tía de aquella misma mujer que provocó la lucha entre Junio y Julio Cortez”. “Claro” acoto yo con cinismo y conteniendo una sonrisa pues una sonrisa podría ser lo que aquella estudiosa espera esgrimiendo su buena memoria y un generoso escote. Y el profesor: “¿No es este un modelo de cómo la trama avanza hacia la crisis?”. Vuelven a mí, como para que no las olvide, las chicas de Educación charlando entre risas a la sombra de los grandes eucaliptos que rodean la cafetería, tan lindas y tan lejos de Alambique y la historia que el tal Mariasi intentó mezclando pares y enfrentando a un par de hermanos por una muchacha de la selva, callada y hermosa, de largo cabello oscuro y ojos estirados y enormes, que a veces, como casi todos en la selva, podía ver el futuro en sueños. “¿Cómo definirían ustedes la relación que vincula a los protagonistas en esta parte de la obra?”, nuevamente aquella inocua voz me regresa al salón donde ya han tomado asiento los gemelos muertos, la tía Abnegada, el otro par de gemelos de nombres lunáticos que aún andan vivos, y ella, la india hermosa y letal con las piernas de Antonieta cruzadas y sin un nombre, ardid del autor que reparte impunemente motes insólitos a los demás personajes. Los gemelos de las fases lunares parecen confundidos y, por lo que escucho, así se pasan toda la novela, como si por la increíble semejanza física que guardaban, ellos mismos no pudieran estar seguros de cuál era cuál, y su vida transcurriera en el limbo de no tener una forma propia sino algo siempre dividido entre dos. Son apuestos los muchachos: de cuerpos como forjados en la fragua del sol abrasador de la selva y templados por el golpe helado y repentino de las lluvias mientras se cuela el río por una nada de oro; y rostros cetrinos, tallados por los dolores hondos y tercos que da enamorarse siempre de la mujer equivocada. Son líneas regulares que se enredan un poco, yo cambiaría una coma por punto. Me olvido de Antonieta y le sonrío suavemente a la aprovechada del escote que parece conocer la obra mejor que todos; vuelvo a mentir, esta vez sin palabras, con un gesto lanzo mi mensaje, un mensaje tan claro como creíble. “¿Alguien puede hablar del personaje de la tía Abnegada?” sigue preguntando inútilmente el profesor. No vuelven ya las risas de afuera ni la avidez de gozar la soleada libertad de haber terminado las clases como Antonieta y sus compañeras. La tetona de los lentes lee, interrumpiéndose para mirarme con cierta ansia: La lluvia empieza a caer sobre la selva de Alambique, y la tía Abnegada, cuyo terco estreñimiento de diez días provoca como siempre que leviten los muebles de su choza, se queja lastimeramente en el rústico lecho donde anida su esmirriado cuerpo, deforme hoy por el balón de la barriga. Por debajo de las sábanas que levanta la redonda tirantez del vientre inflamado, sus dos piernas, como frágiles juncos se asoman tristes y desnudas. En la habitación, iluminada a ramalazos por la luz fugaz y rotunda de los relámpagos, no hay en qué sentarse: el único sillón de esterilla casi llega al techo y se eleva más con cada quejido de la anciana. Sentada en el suelo, está ella, la sobrina infeliz y querida, tomando entre sus manos la mano huesuda y recia de su tía. De pronto, la puerta de la habitación se abre y Antonieta interrumpe el diluvio selvático asomando su perfecta cabeza de muñeca, cabello rojo y ojos azules, para decirme “ya me voy”. Al cerrarse la puerta, la penumbra vuelve a caer en la lluviosa Amazonía de cosas inexplicables, muertes por amor, y la historia de dos pueblos, dos pares de gemelos, y un par de mujeres, una vieja y estreñida, la otra, hermosa y maldita.

La lluvia arrecia, como la tibia ducha, empapa su ropa y desnuda sus formas y demás encantos; es linda sin anteojos pienso, y de entre sus pechos, liberados ya de la trampa del escote, nace un tierno aroma como el del talco para bebés. “¡Teníamos que estudiar una novela completa, Antonieta! ¡Sí, toda la noche! Una novela sobre la que van a tomarnos el examen final…”, volveré a mentir.

viernes, 3 de julio de 2009

Crónica de un desencuentro

- "Aquella mañana, luego de esperar un cuarto de hora en el paradero, se decidió a tomar un taxi para no llegar tarde a su oficina y, a la vez alcanzar a cruzar la calle en el momento preciso para recibir un balazo en el medio de la frente; la hora de morir no es sólo impostergable sino exacta hasta la impertinencia...".
- Esa frase es muy buena, oiga. Pero...
- Señor García, por favor, ¡por favor!, ¡no estoy leyendo para que usted me corrija!... Por favor. Se trata del título, ¿recuerda?, de mi título, señor García.
- No es su título, amigo. Déjeme decirle...
- No, por favor, señor García. Usted me pidió que le diga en qué basaba el título de mi cuento, mi título, ¿verdad? ¡Pues ahora estoy tratando de hacerlo!, ¿me permite?
- Ahora creo que fue un error pedírselo pero... Bueno; estoy pensando en la cuenta de teléfono que usted va a tener que pagar, amigo mío...
- No se preocupe, yo sé que dentro de algún tiempo todo esto va a quedar como una anécdota entre nosotros, como una circunstancia singular, ¿me entiende, señor García?
- Claro, pero...
- Se trata de mi título, señor García; yo le puse ese título a este cuento hace más de un año. Y creo que usted, con todo el respeto que se merece ¡no puede usarlo así no más! Por favor, señor García...
- Bueno, siga usted que todo esto me está resultando francamente curioso, amigo.
- Esa me parece una mejor actitud, señor García. Como le decía, este cuento mío, este relato, uno de los más logrados que, modestamente, tengo, requiere el título que le puse, ¿me entiende? No hay otra alternativa, posibilidad u opción, ¿me entiende, señor García?...
- Le entiendo pero...
- Pero qué, señor García, pero qué...
-Como ya le he dicho varias veces desde que empezamos esta comunicación que a usted le parece que va a quedar entre nosotros como anécdota pero a mí no, mi novela se encuentra en este momento en la etapa comercial, ¡en la etapa comercial…!, ¿me entiende ahora usted a mí? ¡Y ya lleva ese título que usted me pide olvidar a favor de un cuento suyo que, con todo respeto, aún permanece en sus gavetas, amigo!
- Señor García, por favor, tengo entendido que su novela no ha sido presentada aún. ¡No-ha-si-do-pre-sen-ta-da! Eso quiere decir que todavía se le puede hacer cambios, modificaciones o enmiendas que es lo mismo, ¿verdad? Dígame si miento, por favor. Yo sé que usted, señor García...
- No, querido amigo, usted no miente, lo que ocurre es que no sabe, ignora, ¡que no es nada malo, por supuesto! Dígame, sinceramente, ¿ha publicado alguna vez un cuento suyo o un volumen con sus mejores cuentos, amigo?
- No, hasta el momento, señor García, pero...
- Espere un momento, amigo mío, y déjeme explicarle. La presentación de un libro es una ceremonia, un asunto social, protocolar, que bien puede no celebrarse; ¡podríamos obviarla y poner la novela a la venta sin más! Es un asunto que depende de mis editores. La verdad, yo no soy adepto a tanto aparato, pero a ellos les parece...
- Mmm... “adepto” es una interesante palabra. Bueno, señor García...
- Espere, buen amigo. Yo puedo comprender su ansiedad por el título de su cuento, pero si decidiera quitárselo a mi novela, cosa que no voy a hacer, de ello resultaría un enredo del carajo pues la impresión ya ha sido hecha como tal; miles de ejemplares llevan ese título en las portadas, en las páginas interiores... ¿entiende? Además, ya ha sido registrada ante las autoridades de mi país con ese título.
- ¡Pero usted no puede hacerme esto, señor García!, ¿no comprende?, Mi cuento, mi narración o historia, como quiera, ¡reclama ese título!, ¡no puede llevar otro!
- Entienda, por favor, amigo...
- ¡No entiendo nada!, ¡yo le puse primero ese mismo nombre a mi cuento!, ¡ese es mi título!, ¡mi título!
- ¡Qué carajo, hombre! ¡Como a los hijos que uno suelta en el mundo, uno pone a lo que escribe el nombre que le da la gana! ¡Lo siento si a usted no le viene bien, pero mi novela fue, digamos, bautizada con ese título y así se queda! Además, permítame decirle que un hijo no es bueno porque usted le puso “Ángel” o “Jesús”. No quisiera ser muy duro, amigo mío, pero la calidad de un escrito no está en el nombre que lleva, ¿me entiende?
- O sea que mi cuento es malo...
- No, no, yo no he querido decir eso, amigo, es mas: ni siquiera conozco el relato completo, sólo unas líneas que me han inspirado los elogios que usted ya escuchó. Pero creo que usted debería poner más atención a la calidad de lo que escribe que al título. Sí, claro, un buen título debe complementar un buen cuento, pero ¡no es lo más importante! Tenga por seguro que si su cuento es bueno, triunfará de todas maneras, amigo, independientemente del nombre que le ponga, ¿me entiende?
- "Mi novela fue bautizada con ese título" es una fórmula, un artificio, una argucia, señor García; las novelas no son bautizadas con un determinado título, usted lo sabe, hágame el favor...
- Es una forma que yo tengo de decir las cosas. ¡Y usted no me puede venir con que "yo le puse primero ese título a mi cuento" ni sandeces de ese tipo! ¡Lo siento pero usted no quiere entender!... Mi novela se queda con ese título, amigo...
- No somos amigos, señor.García.
- Y siento que sea así. Igual no puedo servirlo, y creo que esta conversación termina acá, ¿verdad?
- Yo...
- Hagamos algo: qué tal si usted me hace llegar, no sé, un número de sus mejores cuentos y, de acuerdo con... digamos, hombre... su peso, su valía, su corrección, yo podría presentarlos a mis editores. ¡No le aseguro nada, claro! pero... Bueno, no sé... no quisiera que...
- Esta bien señor García, no se preocupe más, le agradezco su amabilidad pero... ese título, señor García, es perfecto... Hasta he soñado un premio para el cuento, fíjese, me veo recibiendo un diploma o algo así. Siempre me plació...
- ¿Siempre le qué?
- Me plació, señor García, o “plugo”, del verbo “placer”, que no se conjuga como “hacer”, ¡usted sabe, claro! ¡Cómo no!: “me satisfizo”, “me contentó”, me plació haberlo escogido tan acertado, tan perfecto... ¡Si me permite, le leo otro párrafo!...
- No, gracias. Ya he notado que alguna calidad tiene, sería mezquino negarlo, y lo felicito, amigo. Pero, como ya le dije, no podré hacer el cambio que usted me pide... Y ya no puedo ofrecerle más. Dejémoslo ahí. Lo siento...
- Yo también lo siento, señor García...
- Vamos, piense en otro título, seguro habrá otro por ahí que corresponda con su obra, ¡usted puede hallarlo, hombre!
- La perfección, señor García, dicen, sólo tiene una forma. Creo que ese cuento mío no podrá llevar más que ese título; es realmente perfecto. De todas maneras, gracias señor García...
- Yo quisiera poder darle una mayor ayuda, amigo, pero mi novela, a la que desafortunadamente he puesto “Crónica de una Muerte Anunciada”, como usted ha puesto a un cuento de los suyos, se queda así. Lo siento, y espero noticias de usted, mi amigo. Que tenga suerte. Adiós.
- Adiós, señor García...

-¿Y siempre le dijiste “García”?, ¿no te reclamó?, ¿no te dijo nada? -le pregunto sin salir del asombro que aquella increíble historia había despertado en mí. Luego de un silencio, me mira con pena y admite:
-Ahora creo que esa fue una gran falta de respeto. Pero es una técnica ¿sabes? ¿Recuerdas cuando durante las elecciones del 90 debatieron Fujimori y Mario Vargas Llosa?, Fujimori lo trató siempre de “Señor Vargas” a sabiendas que era conocido y reconocido como “Vargas Llosa”. Se supone que recortarte el nombre como que te disminuye; es una forma de agresión velada, un ardid de mala factura. Pasados tantos años, creo que eso estuvo muy mal… Creo que fui patético.
-¿Y cómo conseguiste el teléfono del Nóbel?- le pregunté todavía maravillado.
-No me lo vas a creer -una carcajada lo interrumpe… -Entonces yo tenía una amiga en la embajada sueca, ja ja ja... Qué buena…

viernes, 17 de octubre de 2008

Cicatrices

Estaba por decirle “yo la vi primero” o alguna otra razón infantil, una tontería, porque no sabía cómo ganarle. Pero ella se adelantó y le dijo: “Gracias, pero voy a bailar con Crispín, mi amigo…”, y dejó a aquel viejo creído con la mano estirada. Me hizo sentir bien.

Ella es viuda, tiene cuatro nietos. Rebeca se llama, y no le gusta cocinar, nunca lo ha hecho. Hace dos meses que viene a bailar; antes lo hacía con una amiga porque “a veces los hombres se toman confianzas que nadie les da”, dice. Pero pronto se ha dado cuenta de que no hay riesgo alguno, que son muchas las señoras que, como ella vienen a divertirse al parque, que todos se reconocen cada miércoles, y que la mayoría de los caballeros, señores de corriente bien mayores, es amable y sólo trata de pasar un momento entretenido.

Ella baila bien, en especial los valses y las polkas. Le he contado que perdí a mi Rosario hace 23 años, y que sólo tuvimos un hijo que también murió. Para no darle pena, he hablado de todo aquello como si no me doliera, como quien comenta las noticias; con penas de por medio, no hay relación que empiece bien, creo. No le he contado todavía de mi vida en la marina, de mis viajes, y los muchos lugares del mundo que conozco; podría parecerle vanidoso. Pienso que ya tendremos ocasión de conversar más.

Ella tiene los ojos pardos, muy vivos, la nariz algo alargada y un curioso lunar de lágrima bajo el ojo derecho. Sale a caminar en las mañanas, y en su sala siempre hay flores; son buenas para levantar el ánimo, me explica con voz pausada y sin dejar de sonreír. Mientras caminamos a la pista, me doy el tiempo de explicarle que el bolero se llama “Cicatrices” pero muchos creen que su nombre es “Se te olvida”. Rebeca toma mi mano con suavidad, yo no trato de acercarla mucho; podría caerle mal. Quedo atrapado en la nube de limas y jazmín que la envuelve, y me atrevo a traerla un poco hacia mí.

Mientras canto bajito Se te olvida que me quieres a pesar de lo que dices, y siento que ella corresponde y se aprieta una nadita, sorprendo a la luna saliendo por detrás del muro del colegio. De pronto, como una invasión de buenos augurios, una nube de globos rojos se eleva con el eco de unos aplausos; un asombro de niños nos abre la boca a todos: ¡Ohhh! En aquel momento de magia, ella sorprende una lágrima en mi mejilla: “Vamos, Crispín…” suspira mientras saca un pañuelo bordado de su bolso. Nos sentamos pues llevamos en el alma cicatrices imposibles de borrar, y en la hipnosis de los globos, ella toma mi mano. Sonrío. Sonreímos.

jueves, 3 de julio de 2008

Mechita




No hay a quien culpar; sólo nos encontramos y nos fuimos conociendo, casualmente, con la mayor y más inocente naturalidad. Primero nos cruzábamos al recorrer ella el camino de ida a su colegio, y yo el de vuelta a mi casa para almorzar. Ella estudiaba en el turno de tarde de aquel enorme colegio estatal de Jesús María que quedaba cerca de mi oficina. ¿Por qué en el turno de tarde? le pregunté la primera vez que hablamos. “Porque así me matriculó mi hermana” contestó sin ocultar cierto fastidio; supuse la ausencia o ancianidad de sus padres. Recuerdo que la primera vez que nos cruzamos algo saltó en el aire, algo que un romántico podría calificar de “mágico”; nos quedamos mirando y, sin dejar de caminar, sonreímos levemente con cierta ansiedad, como si tuviéramos algo urgente que decirnos. En aquellos segundos, al voltear yo para verla mientras se alejaba, y sorprenderla en esa misma actitud, confirmé que algún misterioso mecanismo de atracción se había accionado. A la distancia, ambos reímos por la feliz coincidencia. En adelante, al cruzarnos sonreíamos abiertamente, nos saludábamos: “¡Hola!”, y volvíamos a reír cuando a pocos pasos volteábamos y conectábamos otra vez nuestras miradas. Hasta que una tarde coincidimos a la hora de la salida; ella recorría el camino de vuelta del colegio y yo volvía más temprano que de costumbre a casa. Ella, sin haberme visto se dirigía distraídamente al paradero; acelerando un poco el paso, le di alcance. Cuando estuvimos hombro a hombro, volteé a mirarla; sorprendida, rompió a reír cubriéndose nerviosamente la boca. A un metro de distancia, descubrí que no era tan linda como me había parecido desde nuestros fugaces cruces del mediodía: tenía los dientes separados, granitos en las mejillas, y las cejas muy pobladas. La cercanía me permitió comprobar, sin embargo –y como compensación, pensé cínicamente entonces- que bajo la blusa, una camiseta pretendía camuflar el inquietante volumen de sus bien desarrollados pechos. Conversamos como buenos amigos mientras ella se dirigía a tomar la combi que la llevaría a La Victoria, y yo hacía un rodeo para acompañarla antes de volver a mi casa. Supe entonces que se llamaba Mercedes y le decían “Mechita”, que tenía 14 años, estaba en tercero de media, y no sabía todavía qué carrera iba a seguir cuando terminase el colegio. Me preguntó si yo tenía hijas, le respondí que no, que sólo tenía dos hijos. Hablamos de sus estudios, de mi trabajo, y nos despedimos, curiosamente, canjeando besos en la mejilla. Noté entonces que al reír, mientras se cubría la boca y ladeaba la cabeza, soltaba al aire la gracia de una pequeña pandereta nerviosa y feliz. Recuerdo que entonces llenaba el espacio con el suave aroma de la misma colonia infantil con nombre de muñeca que una sobrina mía solía ponerse sin mesura. En la semana siguiente volvimos a cruzarnos y a conversar un par de veces más. Así, creo que todo fue decantando, tal y como las sencillas amistades que suelen provenir de la sola evidencia de mutuas simpatías. Confieso que en algún momento pensé en ella como en la hija que hubiera querido tener y nunca tuve, y que planeé la forma de ofrecerle alguna ayuda académica para mejorar en sus estudios: información, útiles, libros o lo que le fuera más conveniente. Sin embargo, ella no tardaría mucho en espantar mis ingenuas fantasías paternales.

Fue la tarde en que me preguntó si podía recogerla de la casa de una amiga pues luego de quedarse a estudiar para un examen, temía caminar sola y de noche hasta el paradero. Yo, por supuesto, accedí pensando que sus temores eran comprensibles. Al llegar a la dirección indicada, una antigua quinta en una arbolada y estrecha calle cercana al centro de Jesús María, me di con que ella se encontraba sola en la casa; según me explicó, su amiga había salido por unos minutos y no tardaría en volver. Desde la entrada me di cuenta de que algo extraño pasaba: ella estaba maquillada, quizá en exceso, y emanaba ya no la sencilla esencia cítrica de la rubia muñequita de vinil, sino el rastro de un finísimo profumo di donna. La pequeña sala en la que me esperaba estaba muy mal iluminada por una lámpara de pie tan vieja como débil. Entre aquellas sombras, ella cogió mi brazo y me dirigió hacia adentro de la casa, comentando que podíamos esperar a su amiga en su habitación mientras veíamos la TV. Avanzamos muy juntos a través de una pesada penumbra hasta la pequeña habitación en la que se apretaban una cama de plaza y media, un comodín con espejo, un mueble de repisas lleno de libros y muñecos de peluche, y un televisor en el que los personajes de una telenovela dialogaban. Sin otra alternativa, nos sentamos en el borde de la cama. Luego de mencionar temas baladíes como aquello sobre lo que ella y su amiga habían tenido que estudiar toda esa tarde, la curiosa decoración de la habitación -reímos de buena gana cuando comenté cómo del marco de un cuadro de la Virgen brotaba la foto de un joven cantante de baladas-, y el tema del drama que tercamente intentaba ganar nuestra atención desde el recuadro neurótico del televisor, nos quedamos mirando en silencio. Entonces me sentí en la obligación de alabar su maquillaje y le dije, peinando suavemente un ligero mechón de su frente, y sin mentir, que estaba linda. Ella sonrió mostrando todos sus dientes y los espacios que impunemente se abrían entre ellos, y empezó a acercar su rostro al mío a la vez que cerraba los ojos. Muy suavemente juntamos nuestras bocas y nos besamos. Ella se interrumpió de pronto para confesarme, aparentemente avergonzada, que si no sabía bien cómo besar, era porque nunca lo había hecho antes. Yo, sabia, comprensivamente, le comenté que sólo besando se aprendía a besar. Cuando, en el ejercicio de tan sesuda conclusión, nuestras bocas se encontraron realmente, y coincidieron con las ansias que ambos teníamos, los besos se hicieron rápidamente más apasionados y profundos. Luego de un buen rato, ella volvió a interrumpirse abrazándome con fuerza y murmurando “No puedo creerlo”. Yo, suponiendo con vergüenza, y cierto alivio, que tomar conciencia de lo incorrecto la hacía arrepentirse, correspondí al abrazo acariciando su cabeza con pena y dispuesto a ponerme de pie y pedirle que nos fuéramos de una vez. Entonces susurré en su oído un comprensivo “no te preocupes” y tomé su cara entre mis manos para sellar con el último beso la despedida. Antes de permitirme seguir con mi bien planeada operación de escape, ella, sin dejar de mirarme, bajó los tirantes de su uniforme, se recostó en la cama y se abrió la blusa; no llevaba sostén.

Nos fuimos sin que su amiga llegara, abrazados. Luego, con risueña desvergüenza me explicaría que había planeado nuestro encuentro con la complicidad de aquella, que no pensaba llegar tan lejos, y que nunca se había sentido más feliz; la recuerdo radiante. Alargando el camino con pausas de besos, abrazos y caricias en cualquier penumbra, llegamos al paradero y tomamos un taxi. En la esquina de su casa, y obligados por la hora, nos despedimos felices. Recuerdo haberle dicho entonces que yo también la amaba.

Han pasado dos años desde aquella noche. Hoy supe que hace tres meses se casó, que las obligaciones de su esposo la han llevado hasta Arequipa, y que con ella se ha llevado a nuestra hijita. También he sabido que mañana, que hay visita de varones, vendrá su padre a romper el contrato que tiene con el Rata. En la noche, éste me rematará al mejor postor: dejaré de ser su mujer.